La saga continúa
Primero cayó la Squier Stratocaster, herencia de mi padre, quien me enseñó los primeros acordes hace años antes de fallecer. Esa guitarra no es solo madera y cuerdas, es un recuerdo vivo, un puente entre lo que soy y de dónde vengo.

Después llegó la Epiphone Les Paul Worn Cherry, con ese aire de querer ser elegante pero a la vez tener la misma vibra que un bar de mala muerte con rock en vivo los jueves.

Y justo cuando pensé que ya estaba completo el arsenal, la realidad (y la fecha de corte de mi tarjeta de crédito) me empujaron a lo inevitable: una PRS SE CE 24 Standard Charcoal.

¿Por qué PRS?
La primera vez que escuché de PRS fue por Carlos Santana. No porque lo escuchara religiosamente, sino porque ahí estaba: él, con su sombrero y esa guitarra que parecía brillar más que las luces del escenario. Ahí quedó sembrada la curiosidad.
Pero la verdadera conversión llegó años después, en un concierto de Band-Maid. Cuando vi a Kanami con su PRS, entendí que esas guitarras no eran solo un capricho de virtuosos de los 70, sino armas modernas, elegantes, que podían ser dulces y brutales en la misma canción. Ahí me enamoré, y desde entonces supe que tarde o temprano me iba a tocar.

El bicho nuevo en la cueva
Esta guitarra no llegó a mi vida con la típica fanfarria de “por fin tengo mi PRS”. No. Llegó como una voz interna diciendo: “Ya, deja de sonar a ensayo de secundaria y compra algo que no huela a beginners pack”.
- Cuerpo de caoba: retumba más que el tacón de la vecina de arriba cuando baila zumba.
- Mástil de maple con perfil Wide Thin: rápido, cómodo, listo para fingir que sé tocar solos.
- 24 trastes con pajaritos incrustados: básicamente una bandada mirándome cada vez que me equivoco.
- Electrónica: dos humbuckers 85/15 «S» que, con coil split, se vuelven single-coil. Perfecto para pasar de balada indie depresiva a querer sonar como Metallica (fallando en ambos intentos).
El arsenal de amplis
- Fender Mustang LT25: el tanque principal. Sirve para molestar a los vecinos “piteros” que ya de por sí se quejan de todo. Con este, hasta mis power chords suenan como amenaza pasivo-agresiva.
- Fender Mustang Micro Pro: el plan B. Pequeñito, práctico, como terapia de contención para no terminar en la lista negra del condominio.
- Fender 10G: la opción cuando quiero sonar bajito… aunque sabemos que bajito es relativo, y aún así alguien toca la pared como si fuera un bongó improvisado.
Lo que se siente tocarla
La PRS no solo suena bien: te obliga a sonar bien. Cada nota sale con más definición de la que me gustaría, porque revela todos mis errores sin piedad. Es como un espejo caro: bonito, pero no te perdona la panza ni la cara de desvelo.
Con humbuckers: sonido gordo, redondo, perfecto para riffs que pretenden sonar “pro”.
Con coil split: más brillante, como si quisiera imitar a mi vieja Strat pero con mejor dicción.
Lo peor: ahora cada vez que agarro la Epiphone o la Squier, me miran desde el rincón como perros rescatados ignorados.
La reflexión amarga
¿Necesitaba una tercera guitarra? Claro que no.
¿Estoy feliz de tenerla? Obviamente.
¿Seguiré tocando los mismos tres acordes de siempre, pero ahora con más estilo? Sin duda.
La PRS SE CE 24 Standard Charcoal no es solo una guitarra: es la prueba de que el GAS (Gear Acquisition Syndrome) es real, incurable, y probablemente más caro que el psicólogo que no pago.
Nota final
De Santana a Kanami, pasando por la Stratocaster de mi padre, parece que este camino no fue casualidad. Más que una compra impulsiva, suena a un recorrido espiritual disfrazado de acumulación de guitarras. Aunque claro, siempre es más fácil explicarlo así que aceptar que solo soy otro adicto a comprar equipo.

























