Categoría: Nerd

Código Rojo, Docker y el absurdo arte de ir a trabajar después del apocalipsis

Hay días en los que la ciudad es solo ruido de fondo. Y luego hay días como este domingo, donde la simulación en la que vivimos decidió subir la dificultad a nivel Survival Horror.

Abatieron al «Mencho», y en cuestión de horas, el estado entero entró en un Kernel Panic masivo.

Pero la verdadera ironía no es el colapso de la ciudad. La verdadera ironía es dónde y cómo me agarró a mí el fin del mundo tapatío.

Cualquier persona normal, ante un domingo de narcobloqueos y helicópteros artillados, estaría pegada a las noticias, rezando, o atrincherada bajo la cama. Yo no. Yo estaba en un hospital, y como buen nerd que no puede desconectarse ni aunque el código de la ciudad esté arrojando errores críticos, ¿qué estaba haciendo en el hospital? Tenía mi MacBook Pro M5 abierta sobre las piernas, con los audífonos puestos, viendo un curso intensivo de Docker.

El Apocalipsis vs. La Orquestación de Contenedores

El contraste era absurdo, digno de una película de comedia negra. Por un lado, el instructor del video me explicaba con voz calmada cómo levantar una imagen de Ubuntu en un contenedor aislado. Por otro lado, los cristales del edificio vibraban por el sonido pesado de los helicópteros militares sobrevolando la zona, y las sirenas de las patrullas cantaban a coro en la avenida.

Me quité un audífono. La gente a mi alrededor empezaba a entrar en pánico. Los celulares sonaban al unísono con mensajes de WhatsApp de tías reenviando audios de dudosa procedencia y videos muy reales de camiones incendiados bloqueando las salidas de la ciudad.

Miré mi pantalla. Mi contenedor de Docker estaba corriendo perfectamente. Suspiré. Un nerd no deja de ser nerd ni en el fin del mundo. Pensé: «Bueno, si nos lleva el diablo hoy, al menos me voy a ir sabiendo cómo demonios funciona un volumen persistente en Linux». Y le volví a poner Play al video.

El «Uptime» del Capitalismo

Logré regresar a mi búnker esquivando el caos, como si fuera un nivel de sigilo en Metal Gear. Al abrir la puerta, la única que me recibió fue Power. Me miró desde el escritorio con su cara de superioridad de siempre, con ese cigarro imaginario en la boca, como diciendo: «Tardaste. Ya casi me muero de hambre. ¿Se acabó el mundo allá afuera o qué?».

Hoy es lunes por la noche. Las calles están tensas. El ambiente se siente pesado, como cuando sabes que un servidor va a tronar pero no sabes exactamente a qué hora. La gente camina viendo de reojo, esperando que en cualquier momento vuelva a sonar el caos. Las escuelas aún no reanudan actividades porque, seamos honestos, nadie se siente seguro todavía.

Pero aquí viene el verdadero terror psicológico: Mañana martes hay que ir a trabajar como si nada hubiera pasado.

Esa es la realidad distópica de nuestro país. Tuvimos camiones en llamas, operativos militares, un Código Rojo que paralizó la metrópoli… pero los tickets de soporte no se contestan solos y el corporativo espera que te conectes a las 9:00 AM en punto con una sonrisa.

Mientras la ciudad sigue aguantando la respiración, yo estoy aquí, administrando servidores que están en un datacentercongelado y seguro a miles de kilómetros, con un uptime impecable. A los servidores no les importan los narcobloqueos. A los clientes que borraron su página web por error, tampoco.

Vivir estas cosas de cerca te recuerda que solo somos NPCs (Non-Playable Characters) en el mapa de alguien más. Monitos de fondo que tienen que seguir su rutina de ir a la oficina, incluso si el escenario todavía huele a llanta quemada.

Status: A salvo en el búnker, pero con insomnio. 
Mood: Paranoico pero virtualizado. 

P.D. A Power le vale madre la tensión social. Si mañana el mundo colapsa definitivamente, ella solo espera que yo le deje abierto el costal de croquetas de salmón antes de irme.

Soporte Web : Terror remoto, plugins piratas y anécdotas increíbles

 

Si trabajas en TI, conoces el Modelo OSI. Todo lógico, todo perfecto. Pero aveces de verdad pienso que existe la Capa 8. El usuario.

Llevo años coordinando el área de soporte técnico de una empresa de hosting. La realidad de mi trabajo es curiosa: administro servidores que están físicamente en un datacenter congelado en Texas, mientras yo estoy sentado en mi escritorio en Guadalajara, sudando calor tapatío, con una latencia de 60ms y una gata siamesa (Power) mordiendo el cable de mi monitor.

Jamás he tocado esos servidores. No sé si son grises o negros. Pero conozco su alma. Sé cuándo sufren, cuándo se saturan y, sobre todo, sé cuándo un usuario acaba de destruir su propio negocio desde la comodidad de su casa.

Porque, repitan conmigo: Los servidores no se rompen solos.

Historia 1: El Síndrome del «Todo Gratis» (y el sitio web de casinos)

En el hosting, el 90% de los problemas tienen un nombre: WordPress. Y no porque WordPress sea malo, sino porque la gente cree que «Open Source» significa «Instalar cualquier porquería que me encontré en un foro ruso».

Ticket #404 – Prioridad: URGENTE Cliente: «¡Su seguridad es una basura! ¡Mi sitio web de abogados ahora vende Viagra y redirige a un casino en Japón! ¡Exijo una compensación!»

Entro por SSH. El servidor está perfecto. El firewall está activo. Navego a la carpeta de plugins del cliente: wp-content/plugins/. Y ahí lo veo. El asesino silencioso:

elementor-pro-NULLED-free-no-virus-definitely-safe.zip

El cliente no quiso pagar los 50 dólares de la licencia original. Prefirió bajar la versión «gratis» de un sitio dudoso. Resultado: Le inyectaron un malware que convirtió su despacho jurídico respetable en un bazar de spam.

Cuando les explicas que el problema no es el servidor, sino la basura digital que instalaron voluntariamente, la respuesta es clásica: «Pero mi antivirus de la compu dice que estoy limpio».

Suspiro. Power maúlla, exigiendo que deje de discutir con idiotas y abra una lata de purina cat chow.

Historia 2: «Solo estaba limpiando…» (El misterio de public_html)

No hay nada más peligroso que un usuario con acceso FTP y una tarde libre de domingo.

Ticket #666 – Prioridad: EL MUNDO SE ACABA Cliente: «Oye, mi página no carga. Sale error 404. No le moví a nada, seguro se cayó su servidor.»

Revisas el estado de los servicios: Apache up, MySQL up, PHP up. Todo en verde. Te conectas al gestor de archivos. Buscas la carpeta sagrada: public_html. Esa carpeta donde vive todo el sitio web.

No está.

En su lugar, hay una carpeta llamada respaldo_viejo y otra llamada nueva_carpeta. Reviso los logs de acceso FTP. User: cliente | Command: DELE public_html

El cliente entró, vio «muchos archivitos raros» (que eran, literalmente, su página web), pensó «esto se ve desordenado»y le dio a Suprimir.

Yo: «Estimado cliente, notamos que usted borró manualmente la carpeta principal de su sitio a las 4:15 PM.» Cliente: «Ah… ¿esa carpeta era importante? Pensé que era caché. ¿Tienen respaldo de hace 5 minutos, verdad?»

El silencio en la línea es tan denso que se puede cortar con un cuchillo.

La distancia nos protege (a veces)

A veces agradezco que los servidores estén en Texas y los clientes en la nube. Porque si tuviera que explicarle en persona a alguien por qué su correo no llega (spoiler: su IP está en lista negra porque enviaron 5,000 correos de publicidad en una hora desde Outlook), probablemente Power tendría que salir a defenderme.

Mi trabajo es a control remoto. Opero sistemas complejos a miles de kilómetros de distancia, intentando arreglar el desastre que alguien causó con un solo clic.

Conclusión: El error está entre la silla y el teclado

Así que, si alguna vez tu sitio «se cae», antes de culpar al hosting, pregúntate:

  1. ¿Instalé algo pirata recientemente?
  2. ¿Borré algo que no sabía qué era?
  3. ¿Toqué permisos 777 porque «así jalaba»?

Si la respuesta es sí, no te preocupes. Aquí estaré yo, en Guadalajara, con mi gata juzgona y una terminal abierta, listo para salvarte de ti mismo.

Pero por favor… no borres el public_html.

En una terminal remota de linux y en el espacio nadie te puede escuchar gritar


Escrito mientras reinicio un servicio que se colgó con la gata entre mis piernas.

Me compré una MacBook Pro M5 y ahora mi identidad fiscal está en peligro

Tenía una Mac M2 del trabajo.

Una máquina decente, rápida, silenciosa…

pero con un detalle: no era mía.

Y en realidad la use durante meses para crear este blog.

Cada vez que abría algo que no era del trabajo, sentía que un auditor imaginario me respiraba en la nuca.

Instalar Docker:

delito federal.

Correr un LLM local:

abuso de confianza.

Cambiar el wallpaper a una mona china subido de tono:

causa de despido inmediato.

Así que hice lo que cualquier adulto responsable haría:

Gasté casi 40 mil pesos en una MacBook Pro M5 para dejar de sentir culpa moral.

Y, mira…

no voy a mentir:

desde que la saqué de la caja me sentí como si hubiera comprado una nave espacial.

La Mac M5 no solo es una laptop:

es mi carta de libertad…

Esta computadora no es una herramienta.

Es una excusa para justificar mi existencia tecnológica.

y también el motivo por el que no voy a comer sushi por seis meses.

Cosas que pasaron inmediatamente después de prenderla

  • Todo abre tan rápido que por un segundo pensé que sabía programar mejor.
  • El ventilador… no existe. La máquina es más silenciosa que mis decisiones responsables.
  • Batería que dura más que mis relaciones.
  • El trackpad tiene más precisión que yo tomando decisiones de vida.

Mientras tanto, la vieja M2 del trabajo se quedó ahí, en mi escritorio, mirándome como ex que todavía tiene tus sudaderas:

“¿Ya no soy suficiente?

¿Es por el procesador?”

No, M2.

Es por la libertad.

Y porque contigo no puedo poner hentai de monas chinas en el escritorio sin que RH me haga una intervención.

Cosas que ahora sí puedo tener en mi Escritorio personal:

  • 99 pestañas abiertas solo para sentirme vivo.
  • 4 proyectos nuevos que nunca terminaré.
  • 3 LLM corriendo local “para pruebas científicas”.
  • Wallpapers de monas chinas hentai muy subidos de tono.
  • Una carpeta llamada “IMPORTANTE” que en realidad no tiene nada importante.

Y lo más valioso de todo:

La Gata Power viéndome desde la cama,

mirando la Mac nueva como si fuera una compradora de SAT:

“¿Y de esto dónde está la factura?

Ajá.

Eso pensé.”

Su mirada de juicio es más pesada que cualquier benchmark.


¿Valió la pena?

No.

¿Me siento mejor?

Increíblemente sí.

¿Voy a estar comiendo maruchan un rato?

Sin duda.

¿Volvería a hacerlo?

A la primera provocación.

Band-Maid: riffs, maids y el mejor Hard Rock en años!

Hay descubrimientos que te cambian la vida, y luego está Band-Maid.

Corría el año 2015, YouTube aún no era el pantano de shorts, tiktokers y thumbnails con flechas rojas que es hoy.
Yo, como buen ingeniero atormentado, estaba frente a mi computadora, peleándome con HTML y aprendiendo Linux.
Y entonces, el algoritmo de YouTube decidió arruinarme (o salvarme) la vida:
“Thrill” – Band-Maid.

Cinco japonesas vestidas de maid tocando hard rock con una seriedad que te hace cuestionar si alguna vez en tu vida has hecho algo bien.
Y fue ahí donde me atraparon.

Desde ese día, cada riff, cada mirada de Kanami, cada sonrisa de Miku (o más bien su “servicio” a la audiencia), y cada golpe exacto de Akane me recordaron que la música no tiene que ser perfecta…
Tiene que tener alma.
Y ellas la tienen.


Kanami – Mi inspiración absoluta

Hay guitarristas que tocan bien, y luego está Kanami.
Una mezcla imposible de técnica, sensibilidad y elegancia.
Su estilo no busca impresionar: te desarma con precisión quirúrgica, mientras mantiene esa sonrisa contenida que solo tienen los genios que no necesitan presumir.

Fue por ella que retomé la guitarra después de años.
Literalmente.
Gracias a Kanami me compré una PRS, la misma marca que usa, y volví a tocar como si hubiera despertado una parte de mí que llevaba dormida una década.

Kanami no solo toca: habla a través de la guitarra, y cada vez que escucho uno de sus solos, me recuerda que la perfección no está en la técnica, sino en el alma con la que ejecutas cada nota.
Una diosa en medias negras, sosteniendo una guitarra que parece una extensión de su mente.


Misa – La bajista del alma

Y luego está Misa, la bajista más cool del planeta, mi amor platónico y eterna musa japonesa.
El bajo en sus manos no suena: respira.
Serena, elegante, con ese aire de “ya me bebí medio vaso de Jack Daniel’s, pero aún voy a tocar mejor que tú sobrio y afinado como diosa”.
Su presencia en el escenario es magnética, con ese cabello lacio perfecto, su actitud de quien sabe que domina el groove, y siempre tocando descalza —porque, claro, hasta eso lo hace con estilo.

He visto más de una vez que en entrevistas o backstage aparece con una botellas de cerveza o vasos de Whiskey Jack Daniel’s, que, por cierto, también es mi bebida favorita.
Y no es casualidad: hay algo en su forma de tocar que tiene el mismo efecto que un trago de whisky —calienta, pega y te deja en silencio un momento, procesando lo que acaba de pasar.

Mi amor por Misa es completamente platónico, pero no por eso menos real.
Es una mezcla de admiración y debilidad por lo que representa: talento, elegancia y una indiferencia total ante el mundo.
Una bajista que no necesita decir nada porque el bajo ya lo dice todo.


Akane – La sonrisa detrás del ritmo

Es el motor que impulsa a Band-Maid, esta un poco loca y me encanta su energia.
Siempre sonriente, pero con una fuerza casi inhumana detrás del kit.
Su sincronía es tan perfecta que parece una máquina… si las máquinas tuvieran alma y sentido del groove.
Cada golpe es quirúrgico, pero con esa calidez que solo alguien que ama realmente tocar puede transmitir.


Miku – La voz, el alma y la actitud maid

La vocalista rítmica y alma conceptual del grupo.
Ella es quien mantiene viva la estética de las maids sin dejar que se vuelva una parodia.
Tiene ese carisma único que mezcla humor, dulzura y desafío.
En el escenario no canta: juega con el público, lo provoca, lo doma, y lo hace con una seguridad que solo da el saberse parte esencial del caos.

Hay algo magnético en su forma de moverse y de mirar al público, esa mezcla de ternura y autoridad que la hace imposible de ignorar.
Miku no solo representa el estilo visual de Band-Maid, ella es el corazón que bombea energía y personalidad a todo el proyecto.

Y cuando la vi en vivo, con esas medias blancas y esos tacones enormes, quedé impresionado.
¡Es increíble cómo puede tocar, correr y animar al público al mismo tiempo!
Esa energía, esa entrega, esa conexión total con la audiencia… es imposible no rendirse ante su encanto.


Saiki – La voz que corta el aire

Y finalmente Saiki, la voz principal (a ella la pongo tragándose algo)
Sencilla, directa, sin adornos innecesarios.
Su timbre tiene ese filo que atraviesa la mezcla y le da identidad a la banda.
No necesita gritar para ser poderosa, porque su presencia ya llena todo.
Ella es la encargada de recordarte que Band-Maid no es un experimento visual: es una banda de rock con todas las letras.


Cuando el rock se viste de maid

Band-Maid no es una banda más.
Es una paradoja perfecta: delicadeza visual y brutalidad sonora.
Una agrupación que demuestra que el rock no murió —solo se mudó a Japón (a veces pienso que con Marty Friedman), se puso un delantal y decidió humillar al resto del mundo con riffs increibles y actitud genuina.

En 2023, viajé desde Guadalajara hasta Ciudad de México solo para verlas en vivo en el Palacio de los Deportes, y fue una experiencia casi religiosa.
Escuchar “Dice” o “Puzzle” en directo es como ver una supernova: sabes que algo dentro de ti se va a quemar, y lo aceptas con gusto.

Desde aquel video en 2015, hasta hoy, sigo creyendo que el mundo necesita más bandas como Band-Maid: mujeres talentosas que no buscan complacer, sino romper la escala.

Dejo una Playlist en youtube music que he creado

Band-Maid Playlist

¿Los video juegos modernos nos tratan como idiotas?

Publicado desde la atemporalidad del sillón de mi sala, con mi gata Power/Moka juzgándome mientras finge fumar un cigarro invisible, y con el eterno dilema de si este blog se llama Tokyo-03 porque es profundo o porque simplemente se veía cool en el dominio (y una clarísima referencia a NGE).

Hay algo que me da vueltas en la cabeza cada vez que juego: ¿en qué momento los videojuegos empezaron a tratarme como si no pudiera atarme las agujetas solo?

Antes, las cosas eran diferentes. Los juegos eran crueles, sí, pero jamás nos subestimaban. Nos dejaban solos, nos tiraban en medio del caos y básicamente nos decían: “Ahí está, arréglatelas como puedas.” Y nosotros, tercos, aprendíamos.

los juegos no se preocupaban por explicarte cada botón, cada puerta o cada misión. Simplemente te aventaban al ruedo y, si no aprendías por las malas, pues te quedabas atorado.

Tomemos como ejemplo Mega Man X4. Nadie te decía con qué jefe empezar, ni que había un “orden correcto” para conseguir las armas que facilitaban la vida. Descubrir que el poder de Frost Walrus podía destruir a un jefe en segundos era casi un secreto místico, y si no lo descubrías, pues te tocaba sudar con el sable de Zero.
Ese descubrimiento —cuando por fin caías en cuenta de que el juego tenía lógica oculta— era pura dopamina en estado bruto.

O miremos Resident Evil. Abrir una puerta era una odisea burocrática. Para usar la maldita llave del escudo, primero tenías que encontrar el emblema de la armadura, insertarlo en una estatua que liberaba un rubí, combinarlo con un libro extraño, ponerlo en una chimenea secreta, apagar el fuego, conseguir la gema azul y recién ahí, con suerte, te dejaban tocar la llave. Y para cuando lo lograbas, ya habías gastado diez balas y perdido media vida por culpa de un zombie mal colocado. Era ridículo, pero también glorioso.

En cambio, los juegos modernos parecen obsesionados con el miedo a que nos aburramos. Mapas con cien marcadores, personajes que interrumpen la inmersión solo para decirte “oye, mira, deberías ir por allá” como si fueras incapaz de explorar. Es como si todo viniera ya predigerido, listo para que el jugador no sufra ni un segundo de frustración.

Lo sentí más fuerte jugando el Silent Hill 2 Remake. Y lo digo de frente: al principio me aburrí. Caminaba sin rumbo, me desesperaba porque nada pasaba, y mi cerebro —acostumbrado a los “ding-ding” de la dopamina instantánea de los juegos modernos— me gritaba: “Esto no está divertido, pon otra cosa.”

Y fue ahí cuando entró Power, mi gata siamesa. O Moka, según el día. Sentada en el sillón, con esa cara de superioridad que solo un gato puede tener, fumando un cigarro invisible como si fuera la filósofa del universo, me miraba juzgándome. Su expresión decía: “Ya no eres el mismo de antes, humano. Te domesticaron. Te dieron marcadores en los mapas y tutoriales infinitos, y tú lo aceptaste. Te volviste adicto a la dopamina barata.”

Y tenía razón. Somos adictos a la dopamina. Cada notificación, cada loot box, cada misión secundaria marcada con un brillante ícono amarillo es un chute directo a nuestro cerebro. Los juegos modernos se construyen como máquinas tragamonedas con texturas de dragones y espadas, diseñados para que nunca sientas vacío.

Pero después de un rato, algo cambió. Entre la niebla del Silent Hill 2 Remake, me reencontré con esa frustración que antes odiaba y ahora extraño. Empecé a disfrutar la incertidumbre, la sensación de no saber si iba en la dirección correcta. Recuperé mi espíritu aventurero. Y cuando logré avanzar, esa recompensa emocional fue más grande que cualquier cinemática de “¡misión completada!”.

Al final entendí que los juegos de antes no nos trataban como idiotas. Al contrario: confiaban en que podíamos resolver las cosas por nosotros mismos. Nos daban migajas de dopamina a cuentagotas, pero cuando llegaba, era una explosión. Y ahí está la diferencia.

Quizás por eso Power, con su cigarro existencial, todavía me sigue mirando como diciendo: “Recuerda, humano: aburrirse un rato no te mata. Pero acostumbrarte demasiado a la comodidad sí.”

Guía espiritual para sobrevivir a un Metroidvania

Hay dos tipos de personas en este mundo:

  1. Los que se rinden cuando ven un mapa con mil pasillos que no llevan a ningún lado.
  2. Los que seguimos golpeando cada pared sospechosa con la esperanza de encontrar un cuarto secreto lleno de pollos fritos o misiles.

Obviamente pertenezco al segundo grupo.

Acabo de terminar Hollow Knight y estoy en plena tortura con Silksong. Y, aunque son buenos, sinceramente: meh. Son juegos sólidos, bien diseñados, con un mundo increíble… pero no me volaron la cabeza. Quizás porque mi estándar está en niveles absurdos: Super Metroid y Castlevania: Symphony of the Night.


La religión según Super Metroid

Hay gente que mide su vida en logros laborales o en relaciones amorosas. Yo la mido en runs de Super Metroid. Lo he terminado en menos de 2 horas solo para ver el final alternativo. Eso no es amor, es una relación tóxica con un cartucho que me hizo sufrir desde que tenía 9 años.

De niño, jamás entendí cómo terminé Metroid II en Game Boy. Mis neuronas prepubertas no estaban listas para esa cantidad de backtracking sin mapa. Y aún así, ahí estaba yo, con mi lamparita de pila apuntando a la pantalla verde fosforescente, convencido de que estaba logrando algo que merecía un altar.


Castlevania SOTN: el Evangelio del Doble Salto

Symphony of the Night es básicamente el padrino del género. La primera vez que conseguí el Doble Salto fue como una revelación divina: “¡Ah, con razón no podía pasar esa plataforma ridícula!”. Y claro, cuando crees que ya dominas el juego, te sueltan la bomba: “oye, ¿y si exploramos el mismo castillo pero al revés?”.

Es como la vida adulta: piensas que ya pasaste el nivel, pero no. Te dan la vuelta al mapa y ahora los enemigos son más fuertes, todo está patas arriba y sigues buscando desesperado dónde está el maldito teleport.


Hollow Knight y Silksong: la secta indie

Hollow Knight me atrapó, sí. Es bonito, desafiante, atmosférico. Pero también tiene momentos en que parece que te está trolleando. Caminas 40 minutos, encuentras un boss imposible, mueres, y tu “alma” queda a 3 km de distancia, custodiada por insectos pasivo-agresivos. Y ahí vas otra vez.

Silksong, en cambio, me ha convencido un poco más. Hornet se mueve con una agilidad que hace que todo el backtracking sea menos castigo y más parkour. Esa movilidad extra le da un ritmo mucho más disfrutable que el original, aunque la esencia siga siendo la misma: perderte, morir, perder más, y volver a intentarlo.


Las enseñanzas espirituales del género

Los Metroidvania no son solo juegos. Son un reflejo de la existencia:

  • El backtracking eterno: como cuando vas al súper y olvidas la leche. Vuelves, pero ahora con el ítem de doble salto (o con el coche porque ya te hartaste).
  • Los muros invisibles: esos problemas de la vida que solo se resuelven cuando tienes la habilidad correcta. ¿Dinero? ¿Confianza? ¿Una pareja estable? Spoiler: necesitas el Grappling Beam.
  • Los bosses imposibles: siempre habrá un Ridley esperándote. En el trabajo, en la vida, en el gym. Y sí, siempre llega antes de que guardes partida.
  • Los secretos absurdos: a veces hay pollo asado escondido en la pared. No preguntes por qué, solo cómelo.

En conclusión

Super Metroid es la biblia. SOTN es el evangelio. Hollow Knight es el salmo apócrifo bonito pero un poco sobrevalorado. Y Silksong… es un sermón mejorado, con más ritmo y movilidad, aunque siga siendo tan masoquista como el primero.

Al final, lo único seguro es que seguiré golpeando paredes, esquivando jefes imposibles y buscando ese ítem que me permita llegar al siguiente cuarto de mi vida.

Porque si algo nos enseñan los Metroidvania es que todo parece imposible… hasta que consigues el maldito doble salto.

… No puse una guía de verdad

Supervivencia básica en un Metroidvania (para que no llores como yo a los 9 años)

Jugar un Metroidvania no es solo entretenimiento, es un estilo de vida masoquista. Entre perderte, regresar a la misma puerta bloqueada mil veces, y darte cuenta de que el mapa parece un laberinto diseñado por un arquitecto resentido, estos juegos ponen a prueba tu paciencia y tu orgullo gamer.

Pero no te preocupes, aquí dejo unos pasos de supervivencia probados en carne propia:

1. Mapa o muerte

Si el juego tiene mapa: bendición. Si no lo tiene: condena. Dibuja, imprime, tatúalo en la piel si hace falta, pero no confíes en tu memoria. A los 9 años me metí en Super Metroid 2 y terminé perdido como turista en Tepito. Nunca más.

2. Acepta el backtracking como religión

Sí, vas a regresar mil veces al mismo pasillo. El truco es disfrutarlo. Hazlo como si fueras a visitar a un viejo amigo… que siempre está lleno de bichos esperando matarte.

3. Aprende a sospechar de todo

¿Una pared rara? Bombas. ¿Un piso que brilla? Golpéalo. ¿Un enemigo imposible de vencer? Regresa después con un láser más grande. El mantra es: todo es sospechoso, nada es decorativo.

4. No te cases con el primer power-up

En Metroid o Castlevania siempre hay upgrades más sabrosos. La patada doble, el dash, el triple salto… así que no te enamores del primero, porque en dos horas ya parecerá una chancla vieja.

5. La paciencia es tu mejor arma

Los bosses en estos juegos no se ganan con prisa, sino con timing y memoria muscular. Haz que tu control llore, pero no tú.

6. Speedrunear es terapia

Cuando termines el juego, vuelve y hazlo rápido. Yo he terminado Super Metroid en 2 horas porque ya me lo sé de memoria. Es como lavar los trastes con furia: rápido y sin pensar.

Tres guitarras, cero disciplina y una PRS que no me merezco

La saga continúa

Primero cayó la Squier Stratocaster, herencia de mi padre, quien me enseñó los primeros acordes hace años antes de fallecer. Esa guitarra no es solo madera y cuerdas, es un recuerdo vivo, un puente entre lo que soy y de dónde vengo.

Después llegó la Epiphone Les Paul Worn Cherry, con ese aire de querer ser elegante pero a la vez tener la misma vibra que un bar de mala muerte con rock en vivo los jueves.

Y justo cuando pensé que ya estaba completo el arsenal, la realidad (y la fecha de corte de mi tarjeta de crédito) me empujaron a lo inevitable: una PRS SE CE 24 Standard Charcoal.


¿Por qué PRS?

La primera vez que escuché de PRS fue por Carlos Santana. No porque lo escuchara religiosamente, sino porque ahí estaba: él, con su sombrero y esa guitarra que parecía brillar más que las luces del escenario. Ahí quedó sembrada la curiosidad.

Pero la verdadera conversión llegó años después, en un concierto de Band-Maid. Cuando vi a Kanami con su PRS, entendí que esas guitarras no eran solo un capricho de virtuosos de los 70, sino armas modernas, elegantes, que podían ser dulces y brutales en la misma canción. Ahí me enamoré, y desde entonces supe que tarde o temprano me iba a tocar.


El bicho nuevo en la cueva

Esta guitarra no llegó a mi vida con la típica fanfarria de “por fin tengo mi PRS”. No. Llegó como una voz interna diciendo: “Ya, deja de sonar a ensayo de secundaria y compra algo que no huela a beginners pack”.

  • Cuerpo de caoba: retumba más que el tacón de la vecina de arriba cuando baila zumba.
  • Mástil de maple con perfil Wide Thin: rápido, cómodo, listo para fingir que sé tocar solos.
  • 24 trastes con pajaritos incrustados: básicamente una bandada mirándome cada vez que me equivoco.
  • Electrónica: dos humbuckers 85/15 «S» que, con coil split, se vuelven single-coil. Perfecto para pasar de balada indie depresiva a querer sonar como Metallica (fallando en ambos intentos).

El arsenal de amplis

  • Fender Mustang LT25: el tanque principal. Sirve para molestar a los vecinos “piteros” que ya de por sí se quejan de todo. Con este, hasta mis power chords suenan como amenaza pasivo-agresiva.
  • Fender Mustang Micro Pro: el plan B. Pequeñito, práctico, como terapia de contención para no terminar en la lista negra del condominio.
  • Fender 10G: la opción cuando quiero sonar bajito… aunque sabemos que bajito es relativo, y aún así alguien toca la pared como si fuera un bongó improvisado.

Lo que se siente tocarla

La PRS no solo suena bien: te obliga a sonar bien. Cada nota sale con más definición de la que me gustaría, porque revela todos mis errores sin piedad. Es como un espejo caro: bonito, pero no te perdona la panza ni la cara de desvelo.

Con humbuckers: sonido gordo, redondo, perfecto para riffs que pretenden sonar “pro”.
Con coil split: más brillante, como si quisiera imitar a mi vieja Strat pero con mejor dicción.

Lo peor: ahora cada vez que agarro la Epiphone o la Squier, me miran desde el rincón como perros rescatados ignorados.


La reflexión amarga

¿Necesitaba una tercera guitarra? Claro que no.
¿Estoy feliz de tenerla? Obviamente.
¿Seguiré tocando los mismos tres acordes de siempre, pero ahora con más estilo? Sin duda.

La PRS SE CE 24 Standard Charcoal no es solo una guitarra: es la prueba de que el GAS (Gear Acquisition Syndrome) es real, incurable, y probablemente más caro que el psicólogo que no pago.


Nota final

De Santana a Kanami, pasando por la Stratocaster de mi padre, parece que este camino no fue casualidad. Más que una compra impulsiva, suena a un recorrido espiritual disfrazado de acumulación de guitarras. Aunque claro, siempre es más fácil explicarlo así que aceptar que solo soy otro adicto a comprar equipo.

Lo que Evangelion me enseñó sobre ansiedad.

Publicado desde la jaula de Faraday emocional que me dejó Asuka.


¿Sabes qué es Evangelion?
Sí, claro que sabes.
Pero si no, te resumo:

Una serie donde adolescentes con problemas más grandes que la inflación mexicana pilotan robots gigantes biológicos para matar ángeles mientras lidian con el abandono parental, el colapso del ego, y la insoportable idea de estar solos… o peor: con otros.

Es como si Freud hubiera diseñado Mazinger Z después de un mal viaje con ácido.

Y yo, como buen adolescente con traumas suaves al dente, la vi y pensé:

“Ah, Asuka es la mejor y grita mucho. Creo que estoy enamorado.”


😬 Evangelion no es una serie. Es una herida emocional con opening catchy

A los 13 la ves y dices:

“Wow, mechas, violencia, monas chinas, fly me to the moon como ending.”

A los 25 la vuelves a ver y te das cuenta que:

  • Shinji no se sube al EVA porque tiene crisis existencial e insuficiencia afectiva grave.
  • Misato te recuerda a tu ex que te decía “te amo” pero también te dejaba en visto por dos días.
  • Rei existe como un placeholder emocional.
  • Y Asuka… ah, Asuka.

🔥 Asuka Langley: mi bandera roja favorita

¿Alguna vez has amado a alguien que claramente necesita terapia más que amor?
Asuka Langley Soryu.

Ella grita, es violenta, tiene autoestima rota camuflada con arrogancia, y le dan más ataques de ansiedad que a un gato en año nuevo.
Y yo:

“Es perfecta.” 🧡

“Pero, Juan, eso no está bien. Es una menor de edad animada con traumas severos.”
—Sí, pero yo también tenía 13 y traumas severos.

Y aquí estamos, 20+ años después, con una cantidad de figuras de Asuka,
un tatuaje de Asuka en el brazo,
y una novia que (a veces) me hace cosplay de Asuka para hacerme feliz.


¿Por qué me gusta tanto Asuka?

Porque representa el ideal de:

“Si la salvo, me va a amar.”
(spoiler: no lo hace, y tú tampoco puedes salvar a nadie, campeón).

Porque detrás de su furia, hay un niño roto.

Porque gritaba fuerte, pero lo que quería era que alguien la viera realmente.

Y a veces era la única en la que podías confiar, o la única que se levantaba a resolver los problemas.


¿Por qué Evangelion pega tan fuerte?

Porque te muestra lo que eres con el espejo sucio.
No idealiza el dolor. No lo embellece.

Te dice:

«Esto es depresión. Esto es aislamiento. Esto es querer contacto humano pero tenerle miedo.»

Shinji no quiere subirse al EVA porque sabe que si lo hace, su papá solo lo va a usar.
Misato bebe para no sentirse sola.
Rei es un poema de nihilismo existencial con peinado de pez globo.
Asuka grita para no llorar.
Y yo hago posts como este para no ir a terapia porque el valium ya no es suficiente.


🪞Lo de escoger mujeres traumadas, ¿ya lo hablaste con alguien?

No.
Y no quiero.
Pero reconozco el patrón:

  • Me gusta quien no me puede querer bien.
  • Me atrae el caos emocional.
  • Prefiero una relación con retos reales antes que un cuento de hadas sin chispas.

No es una red flag.
Es la puta bandera de Japón en modo Evangelion:
rojo, minimalista y completamente llena de culpa.


👩‍🎤 Y sí, terminé con una mujer que grita

Mi novia actual:

  • Que grita.
  • Se enoja si dejo el baño mojado.
  • Me ama profundamente.

No es una genio brillante ni la capitana de NERV.
No necesita serlo.
Es valiente, me acompaña, me ha aguantado 23 años, y eso ya es nivel Dios.


Lo que Evangelion me enseñó

  • Que no puedes pilotar tu vida con tu trauma como copiloto.
  • Que el amor no siempre es suave, pero puede ser verdadero.
  • Que idolatrar personajes rotos no es raro… si tú también lo estás un poco.
  • Que si tienes una novia que te quiere tanto como para hacer cosplay de tu waifu tatuada, ya ganaste en la vida.

Evangelion: el anime que no sabías que era un espejo roto

Evangelion es el único anime donde ver a un adolescente llorar por 3 episodios seguidos te hace sentir comprendido.

Shinji no se sube al EVA porque no sabe si merece el cariño de nadie.
Misato dirige la base como si fuera la tía alcohólica que aún no supera a su ex.
Rei… bueno, Rei está ahí para que reflexiones sobre la nada.
Y Asuka solo quiere que alguien le diga que lo está haciendo bien.

Y ahí estaba yo, a los 13, viéndolos a todos y diciendo:

“Ah, mira. Gente como yo.”


Final: Instrumentalízame esta

Evangelion no me dio respuestas.
Me dio el idioma para hacer las preguntas.

Y me dio una excusa para amar a alguien con todo y sus gritos,
con todo y sus regaños,
y con todo y ese disfraz rojo que saca sonrisa hasta en los días grises.

Y Asuka…
Sigue siendo mi favorita.
No porque sea perfecta, sino porque me recuerda que todos cargamos con algo que no mostramos.

Y honestamente…
eso me basta.

Reviviendo a la vieja guerrera: Dell + Manjaro

Tenía años arrumbada en una esquina, con el teclado lleno de polvo y la batería más muerta que mis ganas de actualizar Windows. Mi vieja Dell —que alguna vez fue mi fiel compañera de trabajo, juegos livianos y alguna que otra instalación fallida de mods— llevaba mucho tiempo sin encenderse. Pero algo me dijo que aún no era su hora.

Así que le di una segunda oportunidad. ¿La receta? Formateo total, despedida definitiva a Windows, y una instalación fresca de Manjaro Linux, versión actualizada al día.

¿Por qué Manjaro? Porque es ligera, moderna y visualmente muy pulida. Y porque, siendo honesto, me gusta complicarme un poco la vida —pero no tanto como con Arch puro. Manjaro es ese punto medio entre poder, control y facilidad.

Además, en 2025 Windows 10 llega al final de su soporte, y esta pobre Dell ya no cumple con los requisitos para instalar Windows 11. Así que no se trataba solo de querer, sino de necesidad: o la tiraba, o la liberaba.

Esta vez fui por la edición con GNOME. Sí, sé que no es la más liviana, pero qué bien le sienta ese diseño limpio y fluido a una máquina con historia. Y contra todo pronóstico, corre sorprendentemente bien. La experiencia es moderna, elegante y sin lags, casi como si la Dell estuviera fingiendo que tiene mejores specs de las que en realidad tiene.

Y obviamente la foto con el NeoFetch instalado

¿Y el rendimiento? Brutal. Navegación fluida, terminal rápida, y hasta VS Code corre sin quejarse. No voy a editar videos 4K en ella, pero para escribir, programar, y revivir el espíritu de las máquinas olvidadas, es perfecta.

Ahora no solo tengo una laptop funcionando: tengo una aliada minimalista que me recuerda que muchas veces no necesitamos más potencia, solo menos bloat.