Smart Fit, el Mamado Conformista y el Arte de Pagar por Esperar en la Banqueta

A mis 41 años, la filosofía de vida se simplifica bastante: me levanto todos los días a las 6:00 AM porque quiero exprimir la poca juventud y tiempo que me quedan. La rutina está fríamente calculada: me preparo mi café, me pongo mis compresas en los ojos (porque la presbicia no perdona a nadie), me aplico mi lubricante ocular, me pongo el outfit de batalla y me voy caminando hacia Forum Tlaquepaque.

Mi destino: Smart Fit. Esa cadena de gimnasios a la que le llevo regalando mi dinero religiosamente desde hace dos años. Como todos sabemos, tienen un sistema de cobro automático implacable. Si la tarjeta rebota un mes, el torniquete te bloquea el paso con la frialdad de un cadenero de antro. Para cobrar son unos genios, la eficiencia corporativa en su máxima expresión. Además, su gran promesa es que abren los 365 días del año. Y bueno, hasta hoy, lo habían cumplido.

Llego a las 8:00 AM, el horario sagrado de apertura en fin de semana. Pero en lugar de escuchar el clásico pitido de los torniquetes, me encuentro con unas 20 personas paradas afuera, mirándose las caras con esa confusión típica del madrugador al que le acaban de arruinar el itinerario.

«Ok, son apenas las 8:00», pensé en mi infinita paciencia. «Seguro están trapeando».

Aprovecho para cruzar al Soriana de al lado, compro un par de cosas para la semana y regreso 20 minutos después. Son las 8:20 AM. La fila sigue ahí, estática, como si estuviéramos esperando a que abrieran la taquilla de un concierto en los años 90.

Saco mi teléfono, tomo una foto panorámica del desastre y la subo a X etiquetando a Smart Fit. Si me vas a cobrar el mes por adelantado, lo mínimo que puedes hacer es tener a alguien con las llaves del local a la hora prometida.

https://twitter.com/Zerohack16/status/2091167558141366536/photo/1

Y aquí es donde la mañana se puso surrealista.

Se me acerca un tipo gigante, de esos que están tan mamados que caminan como si trajeran sandías debajo de los brazos, y me dice con un tono de indignación moral: —Oye, no me pareció que hayas tomado esa foto. Yo no le entro a esas cosas.

Lo miré, procesando la estupidez de su queja, y le contesté con toda la calma de alguien que ya se tomó su café: —No te apures, yo la voy a subir a redes sociales para que se enteren.

El tipo, sintiendo que su superioridad moral no estaba siendo validada, insiste: —Ya te dije que a mí no me gustan esas cosas.

—Está bien —le contesté, encogiéndome de hombros—. Yo me encargo de mis asuntos. Entiendo que reclamar por tus derechos es algo que no nos gusta a todos.

Esa fue la frase detonadora. Al Hulk de Forum Tlaquepaque se le pusieron los ojos rojos. Su ego no soportó que le insinuaran falta de carácter. —¿¡De qué hablas!? —me suelta, ya visiblemente emputado.

—Bueno —le expliqué despacio, como si le hablara a un niño grande—, es que resulta que a nosotros nos cobran el mes por adelantado. Veo que vienes en tu carro; ya gastaste tu tiempo y tu gasolina en venir para acá, llegas y encuentras el lugar cerrado. ¿Te parece eso justo? Tú ya pagaste por estar adentro y no puedes entrar.

Su cerebro hizo cortocircuito ante la lógica básica del consumidor y recurrió a la vieja y confiable técnica del orgullo herido: —Pues a mí me sobra el dinero para eso y más.

—Tú sabes cómo te administras —rematé—. Yo, por mi parte, sí me voy a quejar. De hecho, ya lo hice.

Nos quedamos ahí. Él, abrazando su conformismo millonario, y yo, esperando a que alguien abriera la maldita puerta.

Dieron las 8:50 AM. El mamado al que «le sobra el dinero y el tiempo» finalmente se rindió, se subió a su carro y se largó. Se ofendió más porque alguien tomó una foto para quejarse, que por el hecho de que la empresa le estuviera robando su tiempo.

Y como si el universo tuviera un sentido del humor retorcido, exactamente tres minutos después (a las 8:53 AM), veo llegar a lo lejos a la pobre chica del staff de Smart Fit. Venía corriendo, con la vida pendiendo de un hilo, toda despeinada y con la cara de alguien que apagó la alarma «solo cinco minutitos más» y se despertó en otra dimensión temporal.

Al final, entré a hacer mi rutina. Pero me quedo con una lección importante: puedes tener los bíceps de Arnold Schwarzenegger, pero si te da miedo exigirle a una corporación que cumpla con el servicio por el que ya pagaste, solo eres un rehén muy fuerte.