
No es un secreto para nadie que detesto profundamente hacia dónde se ha dirigido la industria de los videojuegos en los últimos años. Hoy en día, parece que si un título no incluye a niños gritando por el micrófono mientras hacen bailes ridículos con skins fluorescentes, los grandes estudios no quieren ni tocarlo. Todo tiene que ser un «juego como servicio». Todo tiene que tener temporadas, micropagos absurdos, loot boxes y un diseño manipulador basado en el FOMO (el miedo a perderte de algo). Juegos como Fortnite han convertido lo que solía ser un arte narrativo en un puto casino virtual de colores chillones.
Por eso, cuando empecé a leer las reviews de Pragmata, sentí una mezcla de escepticismo y un ligero rayo de esperanza. La crítica hablaba de una atmósfera pesada, de un diseño de mundo crudo y, lo más importante, de una experiencia para un solo jugador, cerrada y completa desde el día uno. Nada de «hojas de ruta a 5 años».
Y bueno, caí. Lo compré.
Para que entiendan el nivel del impacto que tuvo en mí: me senté frente a la pantalla con la ingenua idea de «jugar solo un par de horas para ver qué tal», y terminé aventándome un día completo sin dormir. 24 horas seguidas.
A mis 41 años, mi hardware ya no está para estos trotes. Cuando por fin solté el control, la espalda me crujía como si me hubieran apaleado, y mis ojos ardían tanto que tuve que resignarme y ponerme las malditas gafas de lectura que tanto me deprimen usar, solo para poder ver la pantalla de guardado. Estaba físicamente destrozado, agotado, sintiendo cada uno de los años que tengo encima… pero valió cada maldito segundo.
Pragmata es una bofetada en la cara necesaria para esta industria complaciente. Se siente como un regreso a esa época donde los desarrolladores te entregaban una obra terminada. Tiene esa vibra extraña, melancólica y densa que me atrapó en su momento con NieR: Automata. No te lleva de la mano, no te interrumpe cada cinco minutos para venderte un sombrero nuevo para tu personaje, y te sumerge en una historia de ciencia ficción que realmente te exige usar la cabeza.
Ver que un título como este sea un éxito rotundo me llena de una esperanza que sinceramente creía muerta. Saber que ha logrado vender más de un millón de copias en solo dos días nos pone todo en perspectiva: demuestra con números fríos que todavía hay un mercado masivo para las buenas historias. Nos dice que no todos los jugadores quieren ser ordeñados como vacas de dinero en juegos multijugador genéricos.
En un mar de mediocridad diseñada para exprimir billeteras, necesitamos más juegos como este. Necesitamos experiencias que te absorban por completo, que te hagan olvidar la realidad, la edad y el cansancio, al menos hasta que los créditos finales aparezcan en la pantalla y tengas que arrastrarte a la cama.
Pragmata no es solo un buen juego; en este punto, es supervivencia básica para los que todavía creemos que los videojuegos sirven para contar historias.