Todos entendemos, de alguna manera, la lógica de la existencia. Entramos en ella, creamos nuestra rutina y asumimos que las cosas simplemente seguirán su curso. Pero, de vez en cuando, recibimos un golpe devastador. No un simple inconveniente o una molestia, sino una crisis total; una falla profunda que amenaza con detenerlo todo por completo.
Cuando el Final no es una Metáfora
En varias etapas tempranas de mi vida—cuando todavía creía que nada me podía pasar y no me preocupaba por el mañana—mi camino encontró varios puntos de ruptura. No fueron simples obstáculos, sino una amenaza real que amenazaba con apagarlo todo para siempre. Fue un periodo de miedo absoluto, donde la posibilidad de que no hubiera un futuro que vivir me rodeaba constantemente. Fue el momento en que me di cuenta de que mi cuerpo no era invencible.
Vivir la Vida Recuperada y la Fragilidad de los Años
Nuevamente puedo continuar. Mi vida es, superficialmente, normal. Hago mis cosas, sigo mi día y mantengo el tono de siempre. Vivir esta vida recuperada significa que ya no doy la salud por sentada. Valorar una segunda oportunidad no es andar por ahí con una sonrisa eterna; es entender la fragilidad de nuestro camino.
La curación no fue un reinicio completo; solo fue una sanación. Y el paso del tiempo es ineludible. Últimamente, he tenido que usar gafas para poder continuar trabajando. Puede parecer ridículo, pero la verdad es que me deprime. No es por vanidad, sino porque cada vez que me las pongo, es un recordatorio físico e inconfundible de que mi cuerpo se está deteriorando. Me recuerda que estoy envejeciendo, acercándome al final.
Es el privilegio de vivir esta vida recuperada, pero con la consciencia plena de que el viaje, aunque extendido, sigue siendo finito. Y en un mundo donde el final es definitivo, el simple hecho de seguir viviendo, incluso con gafas, sigue siendo la victoria más grande de todas.