Mes: diciembre 2025

Soporte Web : Terror remoto, plugins piratas y anécdotas increíbles

 

Si trabajas en TI, conoces el Modelo OSI. Todo lógico, todo perfecto. Pero aveces de verdad pienso que existe la Capa 8. El usuario.

Llevo años coordinando el área de soporte técnico de una empresa de hosting. La realidad de mi trabajo es curiosa: administro servidores que están físicamente en un datacenter congelado en Texas, mientras yo estoy sentado en mi escritorio en Guadalajara, sudando calor tapatío, con una latencia de 60ms y una gata siamesa (Power) mordiendo el cable de mi monitor.

Jamás he tocado esos servidores. No sé si son grises o negros. Pero conozco su alma. Sé cuándo sufren, cuándo se saturan y, sobre todo, sé cuándo un usuario acaba de destruir su propio negocio desde la comodidad de su casa.

Porque, repitan conmigo: Los servidores no se rompen solos.

Historia 1: El Síndrome del «Todo Gratis» (y el sitio web de casinos)

En el hosting, el 90% de los problemas tienen un nombre: WordPress. Y no porque WordPress sea malo, sino porque la gente cree que «Open Source» significa «Instalar cualquier porquería que me encontré en un foro ruso».

Ticket #404 – Prioridad: URGENTE Cliente: «¡Su seguridad es una basura! ¡Mi sitio web de abogados ahora vende Viagra y redirige a un casino en Japón! ¡Exijo una compensación!»

Entro por SSH. El servidor está perfecto. El firewall está activo. Navego a la carpeta de plugins del cliente: wp-content/plugins/. Y ahí lo veo. El asesino silencioso:

elementor-pro-NULLED-free-no-virus-definitely-safe.zip

El cliente no quiso pagar los 50 dólares de la licencia original. Prefirió bajar la versión «gratis» de un sitio dudoso. Resultado: Le inyectaron un malware que convirtió su despacho jurídico respetable en un bazar de spam.

Cuando les explicas que el problema no es el servidor, sino la basura digital que instalaron voluntariamente, la respuesta es clásica: «Pero mi antivirus de la compu dice que estoy limpio».

Suspiro. Power maúlla, exigiendo que deje de discutir con idiotas y abra una lata de purina cat chow.

Historia 2: «Solo estaba limpiando…» (El misterio de public_html)

No hay nada más peligroso que un usuario con acceso FTP y una tarde libre de domingo.

Ticket #666 – Prioridad: EL MUNDO SE ACABA Cliente: «Oye, mi página no carga. Sale error 404. No le moví a nada, seguro se cayó su servidor.»

Revisas el estado de los servicios: Apache up, MySQL up, PHP up. Todo en verde. Te conectas al gestor de archivos. Buscas la carpeta sagrada: public_html. Esa carpeta donde vive todo el sitio web.

No está.

En su lugar, hay una carpeta llamada respaldo_viejo y otra llamada nueva_carpeta. Reviso los logs de acceso FTP. User: cliente | Command: DELE public_html

El cliente entró, vio «muchos archivitos raros» (que eran, literalmente, su página web), pensó «esto se ve desordenado»y le dio a Suprimir.

Yo: «Estimado cliente, notamos que usted borró manualmente la carpeta principal de su sitio a las 4:15 PM.» Cliente: «Ah… ¿esa carpeta era importante? Pensé que era caché. ¿Tienen respaldo de hace 5 minutos, verdad?»

El silencio en la línea es tan denso que se puede cortar con un cuchillo.

La distancia nos protege (a veces)

A veces agradezco que los servidores estén en Texas y los clientes en la nube. Porque si tuviera que explicarle en persona a alguien por qué su correo no llega (spoiler: su IP está en lista negra porque enviaron 5,000 correos de publicidad en una hora desde Outlook), probablemente Power tendría que salir a defenderme.

Mi trabajo es a control remoto. Opero sistemas complejos a miles de kilómetros de distancia, intentando arreglar el desastre que alguien causó con un solo clic.

Conclusión: El error está entre la silla y el teclado

Así que, si alguna vez tu sitio «se cae», antes de culpar al hosting, pregúntate:

  1. ¿Instalé algo pirata recientemente?
  2. ¿Borré algo que no sabía qué era?
  3. ¿Toqué permisos 777 porque «así jalaba»?

Si la respuesta es sí, no te preocupes. Aquí estaré yo, en Guadalajara, con mi gata juzgona y una terminal abierta, listo para salvarte de ti mismo.

Pero por favor… no borres el public_html.

En una terminal remota de linux y en el espacio nadie te puede escuchar gritar


Escrito mientras reinicio un servicio que se colgó con la gata entre mis piernas.

Teletrabajo y Gatos: La verdadera jerarquía corporativa

Dicen que el Home Office te da libertad. Te venden la idea de los nómadas digitales, de que eres el dueño de tu tiempo, que gestionas tu espacio zen y que, por fin, no tienes que desplazarte a tu trabajo.

Mentira.

Llevo años trabajando desde casa de manera hibrída (algunos días en la oficina y otros desde casa), rodeado de monitores, cables y tazas de café olvidadas, y he descubierto la cruda realidad: aun que no vaya a la oficina tengo que ir a comprar croquetas, Soy, a efectos prácticos, el asistente personal mal pagado, conserje y chef de un CEO que pesa 4 kilos, camina en cuatro patas y tiene una obsesión enfermiza con las cajas de Amazon.

Hablo de Power (o Moka, dependiendo de qué tan indignada esté ese día).

El Micromanagement felino (y el terror en Slack)

En una oficina normal, tu jefe se asoma a tu cubículo con su taza de «World’s Best Boss» para preguntar «¿cómo vas con el reporte?». Es molesto, sí. Es invasivo, también. Pero en mi casa, la supervisión es física, psicológica y, a veces, dolorosa.

Mi «jefa» tiene una técnica de gestión infalible para asegurarse de que no olvide quién manda:

  1. Observación pasivo-agresiva: Se sienta en la esquina del escritorio, justo detrás del monitor, juzgándome en silencio mientras intento concentrarme en la terminal de Linux del servidor que están atacando.
  2. Sabotaje táctico: Espera a que esté en una llamada crítica o depurando el disco de un servidor en producción para ejecutar su movimiento maestro.
  3. El paseo de la vergüenza: Caminar con total impunidad sobre el teclado mecánico (porque claro, le gusta cómo suenan los switches rojos), presionando Enter en el peor momento posible.

Gracias a ella, he enviado mensajes a canales generales de Slack que dicen cosas profundas como: jjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj o /////////////.

No es un accidente. Es un recordatorio de poder. Es ella diciéndome: «Tu trabajo paga las croquetas de salmón, humano, pero yo decido si trabajas hoy».

La silla no es tuya, es «nuestra» (SPOILER: Es de ella)

¿Te has levantado dos minutos para ir por un café a la cocina? Error de novato.

Esa silla ergonómica que compraste, esa que costó lo mismo que una tarjeta gráfica decente y que prometía «cuidar tu espalda», ha sido expropiada. Al regresar, encuentras una bola de pelo ronroneante perfectamente acomodada en el centro del asiento, absorbiendo el calor que dejaste.

En ese momento, la vida te presenta dos opciones:

  • Opción A: Mover al gato.
    • Consecuencia: Miradas de odio absoluto, un gruñido bajo que invoca demonios antiguos y posibles represalias dentro de tus zapatos más tarde.
  • Opción B: Sentarte en la orilla de plástico duro, torcido como un camarón, con una nalga en el aire y la columna girada 45 grados, aceptando tu lugar en la cadena alimenticia.

Spoiler: Siempre elijo la B. Mi espalda me odia, pero mi gata me tolera. Es un intercambio justo.

El «Impuesto al Atún»

Hablemos de la hora de la comida.

En una oficina, tu mayor problema es que alguien se robe tu yogurt del refri. Aquí, el problema es que no puedes abrir nada en la cocina sin pagar el impuesto revolucionario.

¿Abro una lata de atún para mi ensalada? Ella asume que es para ella. ¿Corto pollo? Ella está ahí. ¿Abro un paquete de galletas? No le gustan, pero tiene que olerlas para confirmar que hoy tampoco le gustan.

El teletrabajo con gatos implica que nunca comerás solo. Siempre tendrás un par de ojos clavados en tu plato, haciéndote sentir culpable por cada bocado que no compartes. Es como comer con un auditor fiscal sentado frente a ti.

Conclusión: El Síndrome de Estocolmo

Lo peor de todo es que, a diferencia de un jefe humano tóxico que te hace llenar hojas de cálculo inútiles, cuando este tirano decide «premiarme» con un ronroneo motorizado o frotando su cabeza contra mi mano mientras intento usar el mouse, me siento validado.

Es patético. He cambiado mi dignidad profesional por un poco de afecto interespecie y la «oportunidad» de limpiar su arenero.

Así que sí, el teletrabajo es genial. No cambio por nada el no tener que usar pantalones de vestir ni aguantar el tráfico de la ciudad. Pero no nos engañemos: aquí adentro no mandamos nosotros.

Solo somos el soporte técnico y el staff de catering de una gata que se cree diosa. Y probablemente lo sea.


Escrito mientras Power duerme sobre mi brazo izquierdo, dejándome escribir solo con la mano derecha. Send help.