Mes: octubre 2025

Band-Maid: riffs, maids y el mejor Hard Rock en años!

Hay descubrimientos que te cambian la vida, y luego está Band-Maid.

Corría el año 2015, YouTube aún no era el pantano de shorts, tiktokers y thumbnails con flechas rojas que es hoy.
Yo, como buen ingeniero atormentado, estaba frente a mi computadora, peleándome con HTML y aprendiendo Linux.
Y entonces, el algoritmo de YouTube decidió arruinarme (o salvarme) la vida:
“Thrill” – Band-Maid.

Cinco japonesas vestidas de maid tocando hard rock con una seriedad que te hace cuestionar si alguna vez en tu vida has hecho algo bien.
Y fue ahí donde me atraparon.

Desde ese día, cada riff, cada mirada de Kanami, cada sonrisa de Miku (o más bien su “servicio” a la audiencia), y cada golpe exacto de Akane me recordaron que la música no tiene que ser perfecta…
Tiene que tener alma.
Y ellas la tienen.


Kanami – Mi inspiración absoluta

Hay guitarristas que tocan bien, y luego está Kanami.
Una mezcla imposible de técnica, sensibilidad y elegancia.
Su estilo no busca impresionar: te desarma con precisión quirúrgica, mientras mantiene esa sonrisa contenida que solo tienen los genios que no necesitan presumir.

Fue por ella que retomé la guitarra después de años.
Literalmente.
Gracias a Kanami me compré una PRS, la misma marca que usa, y volví a tocar como si hubiera despertado una parte de mí que llevaba dormida una década.

Kanami no solo toca: habla a través de la guitarra, y cada vez que escucho uno de sus solos, me recuerda que la perfección no está en la técnica, sino en el alma con la que ejecutas cada nota.
Una diosa en medias negras, sosteniendo una guitarra que parece una extensión de su mente.


Misa – La bajista del alma

Y luego está Misa, la bajista más cool del planeta, mi amor platónico y eterna musa japonesa.
El bajo en sus manos no suena: respira.
Serena, elegante, con ese aire de “ya me bebí medio vaso de Jack Daniel’s, pero aún voy a tocar mejor que tú sobrio y afinado como diosa”.
Su presencia en el escenario es magnética, con ese cabello lacio perfecto, su actitud de quien sabe que domina el groove, y siempre tocando descalza —porque, claro, hasta eso lo hace con estilo.

He visto más de una vez que en entrevistas o backstage aparece con una botellas de cerveza o vasos de Whiskey Jack Daniel’s, que, por cierto, también es mi bebida favorita.
Y no es casualidad: hay algo en su forma de tocar que tiene el mismo efecto que un trago de whisky —calienta, pega y te deja en silencio un momento, procesando lo que acaba de pasar.

Mi amor por Misa es completamente platónico, pero no por eso menos real.
Es una mezcla de admiración y debilidad por lo que representa: talento, elegancia y una indiferencia total ante el mundo.
Una bajista que no necesita decir nada porque el bajo ya lo dice todo.


Akane – La sonrisa detrás del ritmo

Es el motor que impulsa a Band-Maid, esta un poco loca y me encanta su energia.
Siempre sonriente, pero con una fuerza casi inhumana detrás del kit.
Su sincronía es tan perfecta que parece una máquina… si las máquinas tuvieran alma y sentido del groove.
Cada golpe es quirúrgico, pero con esa calidez que solo alguien que ama realmente tocar puede transmitir.


Miku – La voz, el alma y la actitud maid

La vocalista rítmica y alma conceptual del grupo.
Ella es quien mantiene viva la estética de las maids sin dejar que se vuelva una parodia.
Tiene ese carisma único que mezcla humor, dulzura y desafío.
En el escenario no canta: juega con el público, lo provoca, lo doma, y lo hace con una seguridad que solo da el saberse parte esencial del caos.

Hay algo magnético en su forma de moverse y de mirar al público, esa mezcla de ternura y autoridad que la hace imposible de ignorar.
Miku no solo representa el estilo visual de Band-Maid, ella es el corazón que bombea energía y personalidad a todo el proyecto.

Y cuando la vi en vivo, con esas medias blancas y esos tacones enormes, quedé impresionado.
¡Es increíble cómo puede tocar, correr y animar al público al mismo tiempo!
Esa energía, esa entrega, esa conexión total con la audiencia… es imposible no rendirse ante su encanto.


Saiki – La voz que corta el aire

Y finalmente Saiki, la voz principal (a ella la pongo tragándose algo)
Sencilla, directa, sin adornos innecesarios.
Su timbre tiene ese filo que atraviesa la mezcla y le da identidad a la banda.
No necesita gritar para ser poderosa, porque su presencia ya llena todo.
Ella es la encargada de recordarte que Band-Maid no es un experimento visual: es una banda de rock con todas las letras.


Cuando el rock se viste de maid

Band-Maid no es una banda más.
Es una paradoja perfecta: delicadeza visual y brutalidad sonora.
Una agrupación que demuestra que el rock no murió —solo se mudó a Japón (a veces pienso que con Marty Friedman), se puso un delantal y decidió humillar al resto del mundo con riffs increibles y actitud genuina.

En 2023, viajé desde Guadalajara hasta Ciudad de México solo para verlas en vivo en el Palacio de los Deportes, y fue una experiencia casi religiosa.
Escuchar “Dice” o “Puzzle” en directo es como ver una supernova: sabes que algo dentro de ti se va a quemar, y lo aceptas con gusto.

Desde aquel video en 2015, hasta hoy, sigo creyendo que el mundo necesita más bandas como Band-Maid: mujeres talentosas que no buscan complacer, sino romper la escala.

Dejo una Playlist en youtube music que he creado

Band-Maid Playlist

Game Pass ahora cuesta 30 USD… y todavía quieren que les dé las gracias

Publicado desde una suscripción cancelada, con olor a café recalentado y dignidad recuperada.

Hay cosas que simplemente envejecen mal: el hype de los NFT, los juegos como servicio, y ahora… el Game Pass a 30 USD mensuales.
Sí, treinta dólares. El servicio que alguna vez fue la promesa dorada de “todos los juegos que quieras, cuando quieras” se convirtió en una especie de buffet barato de videojuegos recalentados, donde lo único que abunda son los títulos que nadie pidió, ni gratis, ni en una rifa de Steam del 2009.

Y ojo: no digo que todo sea malo. Hi-Fi Rush fue divertido, yo diría increíble necesitamos más juegos así. Starfield… existió, soy fanático del espacio, técnicamente este juego debería ser para mi, y me pareció más aburrido que ver al pasto crecer. Y el resto del catálogo parece armado por un algoritmo con déficit de atención y gusto cuestionable.
Entre simuladores de cortar pasto, roguelikes genéricos y juegos indies que juran que su depresión es arte, uno se pregunta:
¿de verdad vale la pena pagar el equivalente a medio tanque de gasolina por esto?


“Pero incluye EA Play y Ubisoft+”… sí, y también el mal gusto

La integración de EA y Ubisoft fue la cereza podrida del pastel.
EA ofrece su biblioteca de juegos para imbeciles con presupuesto AAA: FIFA, Battlefield, Madden, y cualquier cosa que pueda venderte cromos digitales de Messi.
Ubisoft, por su parte, sigue reciclando la misma fórmula de mapa abierto + torres + checklist mental desde hace más de una década.
Y no me hagas hablar de Assassin’s Creed Mirage o el nuevo Far Cry. Es como comer avena sin azúcar y pretender que tiene sabor.


¿Y qué hay de Call of Duty?

Ah, sí. El eterno refugio de los niños rata y adultos desempleados con tiempo para gritarle a un micrófono a las 3 AM.
Ahora con más microtransacciones, skins ridículas y crossovers con Shrek.
Por algún motivo, Microsoft cree que esto justifica parte del precio del Game Pass. Spoiler: no.


Pero ahora incluye Fortnite Pass

Oh, claro. Fortnite. El TikTok de los videojuegos.
Un metaverso de bailecitos, publicidad y colaboración con cada franquicia imaginable: de Dragon Ball a Eminem.
Es el parque infantil digital de una generación que necesita dopamina en cápsulas de 15 segundos.
Y ahora, por algún motivo místico, forma parte de la “experiencia Game Pass Premium”.
No sé si reír, llorar o subir un reel para adaptarme a la nueva realidad.


El principio del fin: la mierdificación de los servicios

No es solo Game Pass.
Es todo el modelo de “suscripción infinita” que se está pudriendo desde adentro.
Netflix, Spotify, PlayStation Plus… todos prometen libertad, pero lo que entregan es fatiga digital.
Demasiadas opciones, poca calidad, y cada vez menos control sobre lo que consumimos.

Microsoft, en lugar de mejorar su servicio, le sube el precio un 50% y baja el valor real en el proceso.
Antes había lanzamientos día uno que valían la pena. Ahora… ni eso.
¿Dónde están los AAA que justifican esos 30 dólares? No hay. Solo trailers, humo, y promesas para el “año que viene”.


Mi propuesta: el Game Pass modular (o cómo rescatar algo de este desastre)

Imaginen si en lugar de pagar 30 USD por toda esa basura, pudiéramos armar nuestro propio paquete mensual.
Un modelo donde eliges 5 o 6 juegos de distintas categorías —retro, indie, AAA, multijugador— y pagas solo por esos.
Nada de “catálogo completo” ni de pagar por títulos que jamás vas a tocar.
Sería el equivalente gamer de ir al sushi y pedir solo lo que realmente te gusta, sin tener que tragar wasabi con cereal.


Power (mi gata siamés, con su eterno cigarro imaginario) me miraba mientras cancelaba la suscripción.
Esa mirada de: “Ya era hora, imbécil. No eres el mismo de antes”.
Y tenía razón.
Tal vez ya no necesito pagarle a una megacorporación para sentir que tengo “todo a mi alcance”.
Quizá lo que necesito es menos catálogo y más alma.
Menos suscripciones, más juegos que realmente quiera jugar.


🕹️ En resumen:

Game Pass no murió… pero se volvió un reflejo del estado actual del gaming:
bonito por fuera, vacío por dentro, y cada vez más caro.
Y aunque Microsoft crea que seguimos ahí por costumbre… algunos, como yo, preferimos pagar con dignidad antes que con débito automático.

Publicado desde Tokyo-03

Hoy se cumple un año desde que lancé este rincón digital. El primer post decía:

“este blog nació como muchas cosas buenas en internet: sin pensar mucho y con algo de insomnio.” Tokyo 03 Blog

En ese momento no imaginé que estaría aquí un año después, escribiendo sobre waifus, guitarras, juegos raros, gatos con mirada de superioridad y mi eterna búsqueda de dopamina.


Lo que pasó durante este año

Un repaso rápido (con nostalgia, sarcasmo y algo de vergüenza) de lo mejor:

  • Guitarras: desde la Epiphone Worn Cherry hasta la PRS que tanto te rompiste los dedos para tener.
  • Posts de anime con más psicología que un grupo de apoyo.
  • Waifus, robots gigantes, lore urbano y tecnología explicada por alguien que sabe… pero también se burla.
  • Momentos en los que mis vecinos “piteros” imaginaron que iba a poner el amplificador al máximo.
  • La gata Moka/Power con cara de jefe observándome mientras tecleo.

Todo eso, disfrazado de “opiniones que nadie pidió”. Pero que de alguna manera alguien lee, y eso es lo que importa.


Reflexiones del aniversario

  1. Este blog no tiene ruta fija
    Nunca busqué estabilidad temática. A veces hablo de anime, otras de hardware, otras de videojuegos rarísimos. Eso ha sido su gracia: la libertad de decir lo que me arda en ese momento.
  2. Las migajas de dopamina seguirán siendo la gasolina
    Una notificación, un comentario, una imagen estilo glitch bonito: cualquier señal de “alguien leyó esto” es combustible para seguir. Somos adictos discretos de ese pequeño rush digital.
  3. Gracias por compartir tu tiempo (aunque sea un minuto)
    Sé que nadie obliga a nadie a leer, pero si estás aquí, leyendo estas líneas, gracias por tolerarme.

Para celebrar: mini-retos

Para este año dos quiero hacer algo especial:

  • Hacer un post de perfiles raros.
  • Crear un “mapa de Tokyo-03” ilustrado con todos los temas que hemos tratado.
  • Releer cada post viejo y hacer un “retrospectiva cruda” con comentarios en tono meme.

Si este blog fuera un juego, ayer habría desbloqueado el logro de “Aniversario inútil pero significativo”.
¿Los juegos modernos nos tratan como idiotas? Tal vez.
¿Yo te trato como lector con respeto? Intento.
¿Seguiremos escribiendo un año más (o dos, o tres…)? Tú dime si te quedas.

Gracias por venir, por leer, por ignorar mis errores tipográficos, y por darle vida a Tokyo-03.

¿Los video juegos modernos nos tratan como idiotas?

Publicado desde la atemporalidad del sillón de mi sala, con mi gata Power/Moka juzgándome mientras finge fumar un cigarro invisible, y con el eterno dilema de si este blog se llama Tokyo-03 porque es profundo o porque simplemente se veía cool en el dominio (y una clarísima referencia a NGE).

Hay algo que me da vueltas en la cabeza cada vez que juego: ¿en qué momento los videojuegos empezaron a tratarme como si no pudiera atarme las agujetas solo?

Antes, las cosas eran diferentes. Los juegos eran crueles, sí, pero jamás nos subestimaban. Nos dejaban solos, nos tiraban en medio del caos y básicamente nos decían: “Ahí está, arréglatelas como puedas.” Y nosotros, tercos, aprendíamos.

los juegos no se preocupaban por explicarte cada botón, cada puerta o cada misión. Simplemente te aventaban al ruedo y, si no aprendías por las malas, pues te quedabas atorado.

Tomemos como ejemplo Mega Man X4. Nadie te decía con qué jefe empezar, ni que había un “orden correcto” para conseguir las armas que facilitaban la vida. Descubrir que el poder de Frost Walrus podía destruir a un jefe en segundos era casi un secreto místico, y si no lo descubrías, pues te tocaba sudar con el sable de Zero.
Ese descubrimiento —cuando por fin caías en cuenta de que el juego tenía lógica oculta— era pura dopamina en estado bruto.

O miremos Resident Evil. Abrir una puerta era una odisea burocrática. Para usar la maldita llave del escudo, primero tenías que encontrar el emblema de la armadura, insertarlo en una estatua que liberaba un rubí, combinarlo con un libro extraño, ponerlo en una chimenea secreta, apagar el fuego, conseguir la gema azul y recién ahí, con suerte, te dejaban tocar la llave. Y para cuando lo lograbas, ya habías gastado diez balas y perdido media vida por culpa de un zombie mal colocado. Era ridículo, pero también glorioso.

En cambio, los juegos modernos parecen obsesionados con el miedo a que nos aburramos. Mapas con cien marcadores, personajes que interrumpen la inmersión solo para decirte “oye, mira, deberías ir por allá” como si fueras incapaz de explorar. Es como si todo viniera ya predigerido, listo para que el jugador no sufra ni un segundo de frustración.

Lo sentí más fuerte jugando el Silent Hill 2 Remake. Y lo digo de frente: al principio me aburrí. Caminaba sin rumbo, me desesperaba porque nada pasaba, y mi cerebro —acostumbrado a los “ding-ding” de la dopamina instantánea de los juegos modernos— me gritaba: “Esto no está divertido, pon otra cosa.”

Y fue ahí cuando entró Power, mi gata siamesa. O Moka, según el día. Sentada en el sillón, con esa cara de superioridad que solo un gato puede tener, fumando un cigarro invisible como si fuera la filósofa del universo, me miraba juzgándome. Su expresión decía: “Ya no eres el mismo de antes, humano. Te domesticaron. Te dieron marcadores en los mapas y tutoriales infinitos, y tú lo aceptaste. Te volviste adicto a la dopamina barata.”

Y tenía razón. Somos adictos a la dopamina. Cada notificación, cada loot box, cada misión secundaria marcada con un brillante ícono amarillo es un chute directo a nuestro cerebro. Los juegos modernos se construyen como máquinas tragamonedas con texturas de dragones y espadas, diseñados para que nunca sientas vacío.

Pero después de un rato, algo cambió. Entre la niebla del Silent Hill 2 Remake, me reencontré con esa frustración que antes odiaba y ahora extraño. Empecé a disfrutar la incertidumbre, la sensación de no saber si iba en la dirección correcta. Recuperé mi espíritu aventurero. Y cuando logré avanzar, esa recompensa emocional fue más grande que cualquier cinemática de “¡misión completada!”.

Al final entendí que los juegos de antes no nos trataban como idiotas. Al contrario: confiaban en que podíamos resolver las cosas por nosotros mismos. Nos daban migajas de dopamina a cuentagotas, pero cuando llegaba, era una explosión. Y ahí está la diferencia.

Quizás por eso Power, con su cigarro existencial, todavía me sigue mirando como diciendo: “Recuerda, humano: aburrirse un rato no te mata. Pero acostumbrarte demasiado a la comodidad sí.”