Código Rojo, Docker y el absurdo arte de ir a trabajar después del apocalipsis

Hay días en los que la ciudad es solo ruido de fondo. Y luego hay días como este domingo, donde la simulación en la que vivimos decidió subir la dificultad a nivel Survival Horror.

Abatieron al «Mencho», y en cuestión de horas, el estado entero entró en un Kernel Panic masivo.

Pero la verdadera ironía no es el colapso de la ciudad. La verdadera ironía es dónde y cómo me agarró a mí el fin del mundo tapatío.

Cualquier persona normal, ante un domingo de narcobloqueos y helicópteros artillados, estaría pegada a las noticias, rezando, o atrincherada bajo la cama. Yo no. Yo estaba en un hospital, y como buen nerd que no puede desconectarse ni aunque el código de la ciudad esté arrojando errores críticos, ¿qué estaba haciendo en el hospital? Tenía mi MacBook Pro M5 abierta sobre las piernas, con los audífonos puestos, viendo un curso intensivo de Docker.

El Apocalipsis vs. La Orquestación de Contenedores

El contraste era absurdo, digno de una película de comedia negra. Por un lado, el instructor del video me explicaba con voz calmada cómo levantar una imagen de Ubuntu en un contenedor aislado. Por otro lado, los cristales del edificio vibraban por el sonido pesado de los helicópteros militares sobrevolando la zona, y las sirenas de las patrullas cantaban a coro en la avenida.

Me quité un audífono. La gente a mi alrededor empezaba a entrar en pánico. Los celulares sonaban al unísono con mensajes de WhatsApp de tías reenviando audios de dudosa procedencia y videos muy reales de camiones incendiados bloqueando las salidas de la ciudad.

Miré mi pantalla. Mi contenedor de Docker estaba corriendo perfectamente. Suspiré. Un nerd no deja de ser nerd ni en el fin del mundo. Pensé: «Bueno, si nos lleva el diablo hoy, al menos me voy a ir sabiendo cómo demonios funciona un volumen persistente en Linux». Y le volví a poner Play al video.

El «Uptime» del Capitalismo

Logré regresar a mi búnker esquivando el caos, como si fuera un nivel de sigilo en Metal Gear. Al abrir la puerta, la única que me recibió fue Power. Me miró desde el escritorio con su cara de superioridad de siempre, con ese cigarro imaginario en la boca, como diciendo: «Tardaste. Ya casi me muero de hambre. ¿Se acabó el mundo allá afuera o qué?».

Hoy es lunes por la noche. Las calles están tensas. El ambiente se siente pesado, como cuando sabes que un servidor va a tronar pero no sabes exactamente a qué hora. La gente camina viendo de reojo, esperando que en cualquier momento vuelva a sonar el caos. Las escuelas aún no reanudan actividades porque, seamos honestos, nadie se siente seguro todavía.

Pero aquí viene el verdadero terror psicológico: Mañana martes hay que ir a trabajar como si nada hubiera pasado.

Esa es la realidad distópica de nuestro país. Tuvimos camiones en llamas, operativos militares, un Código Rojo que paralizó la metrópoli… pero los tickets de soporte no se contestan solos y el corporativo espera que te conectes a las 9:00 AM en punto con una sonrisa.

Mientras la ciudad sigue aguantando la respiración, yo estoy aquí, administrando servidores que están en un datacentercongelado y seguro a miles de kilómetros, con un uptime impecable. A los servidores no les importan los narcobloqueos. A los clientes que borraron su página web por error, tampoco.

Vivir estas cosas de cerca te recuerda que solo somos NPCs (Non-Playable Characters) en el mapa de alguien más. Monitos de fondo que tienen que seguir su rutina de ir a la oficina, incluso si el escenario todavía huele a llanta quemada.

Status: A salvo en el búnker, pero con insomnio. 
Mood: Paranoico pero virtualizado. 

P.D. A Power le vale madre la tensión social. Si mañana el mundo colapsa definitivamente, ella solo espera que yo le deje abierto el costal de croquetas de salmón antes de irme.

Soporte Web : Terror remoto, plugins piratas y anécdotas increíbles

 

Si trabajas en TI, conoces el Modelo OSI. Todo lógico, todo perfecto. Pero aveces de verdad pienso que existe la Capa 8. El usuario.

Llevo años coordinando el área de soporte técnico de una empresa de hosting. La realidad de mi trabajo es curiosa: administro servidores que están físicamente en un datacenter congelado en Texas, mientras yo estoy sentado en mi escritorio en Guadalajara, sudando calor tapatío, con una latencia de 60ms y una gata siamesa (Power) mordiendo el cable de mi monitor.

Jamás he tocado esos servidores. No sé si son grises o negros. Pero conozco su alma. Sé cuándo sufren, cuándo se saturan y, sobre todo, sé cuándo un usuario acaba de destruir su propio negocio desde la comodidad de su casa.

Porque, repitan conmigo: Los servidores no se rompen solos.

Historia 1: El Síndrome del «Todo Gratis» (y el sitio web de casinos)

En el hosting, el 90% de los problemas tienen un nombre: WordPress. Y no porque WordPress sea malo, sino porque la gente cree que «Open Source» significa «Instalar cualquier porquería que me encontré en un foro ruso».

Ticket #404 – Prioridad: URGENTE Cliente: «¡Su seguridad es una basura! ¡Mi sitio web de abogados ahora vende Viagra y redirige a un casino en Japón! ¡Exijo una compensación!»

Entro por SSH. El servidor está perfecto. El firewall está activo. Navego a la carpeta de plugins del cliente: wp-content/plugins/. Y ahí lo veo. El asesino silencioso:

elementor-pro-NULLED-free-no-virus-definitely-safe.zip

El cliente no quiso pagar los 50 dólares de la licencia original. Prefirió bajar la versión «gratis» de un sitio dudoso. Resultado: Le inyectaron un malware que convirtió su despacho jurídico respetable en un bazar de spam.

Cuando les explicas que el problema no es el servidor, sino la basura digital que instalaron voluntariamente, la respuesta es clásica: «Pero mi antivirus de la compu dice que estoy limpio».

Suspiro. Power maúlla, exigiendo que deje de discutir con idiotas y abra una lata de purina cat chow.

Historia 2: «Solo estaba limpiando…» (El misterio de public_html)

No hay nada más peligroso que un usuario con acceso FTP y una tarde libre de domingo.

Ticket #666 – Prioridad: EL MUNDO SE ACABA Cliente: «Oye, mi página no carga. Sale error 404. No le moví a nada, seguro se cayó su servidor.»

Revisas el estado de los servicios: Apache up, MySQL up, PHP up. Todo en verde. Te conectas al gestor de archivos. Buscas la carpeta sagrada: public_html. Esa carpeta donde vive todo el sitio web.

No está.

En su lugar, hay una carpeta llamada respaldo_viejo y otra llamada nueva_carpeta. Reviso los logs de acceso FTP. User: cliente | Command: DELE public_html

El cliente entró, vio «muchos archivitos raros» (que eran, literalmente, su página web), pensó «esto se ve desordenado»y le dio a Suprimir.

Yo: «Estimado cliente, notamos que usted borró manualmente la carpeta principal de su sitio a las 4:15 PM.» Cliente: «Ah… ¿esa carpeta era importante? Pensé que era caché. ¿Tienen respaldo de hace 5 minutos, verdad?»

El silencio en la línea es tan denso que se puede cortar con un cuchillo.

La distancia nos protege (a veces)

A veces agradezco que los servidores estén en Texas y los clientes en la nube. Porque si tuviera que explicarle en persona a alguien por qué su correo no llega (spoiler: su IP está en lista negra porque enviaron 5,000 correos de publicidad en una hora desde Outlook), probablemente Power tendría que salir a defenderme.

Mi trabajo es a control remoto. Opero sistemas complejos a miles de kilómetros de distancia, intentando arreglar el desastre que alguien causó con un solo clic.

Conclusión: El error está entre la silla y el teclado

Así que, si alguna vez tu sitio «se cae», antes de culpar al hosting, pregúntate:

  1. ¿Instalé algo pirata recientemente?
  2. ¿Borré algo que no sabía qué era?
  3. ¿Toqué permisos 777 porque «así jalaba»?

Si la respuesta es sí, no te preocupes. Aquí estaré yo, en Guadalajara, con mi gata juzgona y una terminal abierta, listo para salvarte de ti mismo.

Pero por favor… no borres el public_html.

En una terminal remota de linux y en el espacio nadie te puede escuchar gritar


Escrito mientras reinicio un servicio que se colgó con la gata entre mis piernas.

Teletrabajo y Gatos: La verdadera jerarquía corporativa

Dicen que el Home Office te da libertad. Te venden la idea de los nómadas digitales, de que eres el dueño de tu tiempo, que gestionas tu espacio zen y que, por fin, no tienes que desplazarte a tu trabajo.

Mentira.

Llevo años trabajando desde casa de manera hibrída (algunos días en la oficina y otros desde casa), rodeado de monitores, cables y tazas de café olvidadas, y he descubierto la cruda realidad: aun que no vaya a la oficina tengo que ir a comprar croquetas, Soy, a efectos prácticos, el asistente personal mal pagado, conserje y chef de un CEO que pesa 4 kilos, camina en cuatro patas y tiene una obsesión enfermiza con las cajas de Amazon.

Hablo de Power (o Moka, dependiendo de qué tan indignada esté ese día).

El Micromanagement felino (y el terror en Slack)

En una oficina normal, tu jefe se asoma a tu cubículo con su taza de «World’s Best Boss» para preguntar «¿cómo vas con el reporte?». Es molesto, sí. Es invasivo, también. Pero en mi casa, la supervisión es física, psicológica y, a veces, dolorosa.

Mi «jefa» tiene una técnica de gestión infalible para asegurarse de que no olvide quién manda:

  1. Observación pasivo-agresiva: Se sienta en la esquina del escritorio, justo detrás del monitor, juzgándome en silencio mientras intento concentrarme en la terminal de Linux del servidor que están atacando.
  2. Sabotaje táctico: Espera a que esté en una llamada crítica o depurando el disco de un servidor en producción para ejecutar su movimiento maestro.
  3. El paseo de la vergüenza: Caminar con total impunidad sobre el teclado mecánico (porque claro, le gusta cómo suenan los switches rojos), presionando Enter en el peor momento posible.

Gracias a ella, he enviado mensajes a canales generales de Slack que dicen cosas profundas como: jjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj o /////////////.

No es un accidente. Es un recordatorio de poder. Es ella diciéndome: «Tu trabajo paga las croquetas de salmón, humano, pero yo decido si trabajas hoy».

La silla no es tuya, es «nuestra» (SPOILER: Es de ella)

¿Te has levantado dos minutos para ir por un café a la cocina? Error de novato.

Esa silla ergonómica que compraste, esa que costó lo mismo que una tarjeta gráfica decente y que prometía «cuidar tu espalda», ha sido expropiada. Al regresar, encuentras una bola de pelo ronroneante perfectamente acomodada en el centro del asiento, absorbiendo el calor que dejaste.

En ese momento, la vida te presenta dos opciones:

  • Opción A: Mover al gato.
    • Consecuencia: Miradas de odio absoluto, un gruñido bajo que invoca demonios antiguos y posibles represalias dentro de tus zapatos más tarde.
  • Opción B: Sentarte en la orilla de plástico duro, torcido como un camarón, con una nalga en el aire y la columna girada 45 grados, aceptando tu lugar en la cadena alimenticia.

Spoiler: Siempre elijo la B. Mi espalda me odia, pero mi gata me tolera. Es un intercambio justo.

El «Impuesto al Atún»

Hablemos de la hora de la comida.

En una oficina, tu mayor problema es que alguien se robe tu yogurt del refri. Aquí, el problema es que no puedes abrir nada en la cocina sin pagar el impuesto revolucionario.

¿Abro una lata de atún para mi ensalada? Ella asume que es para ella. ¿Corto pollo? Ella está ahí. ¿Abro un paquete de galletas? No le gustan, pero tiene que olerlas para confirmar que hoy tampoco le gustan.

El teletrabajo con gatos implica que nunca comerás solo. Siempre tendrás un par de ojos clavados en tu plato, haciéndote sentir culpable por cada bocado que no compartes. Es como comer con un auditor fiscal sentado frente a ti.

Conclusión: El Síndrome de Estocolmo

Lo peor de todo es que, a diferencia de un jefe humano tóxico que te hace llenar hojas de cálculo inútiles, cuando este tirano decide «premiarme» con un ronroneo motorizado o frotando su cabeza contra mi mano mientras intento usar el mouse, me siento validado.

Es patético. He cambiado mi dignidad profesional por un poco de afecto interespecie y la «oportunidad» de limpiar su arenero.

Así que sí, el teletrabajo es genial. No cambio por nada el no tener que usar pantalones de vestir ni aguantar el tráfico de la ciudad. Pero no nos engañemos: aquí adentro no mandamos nosotros.

Solo somos el soporte técnico y el staff de catering de una gata que se cree diosa. Y probablemente lo sea.


Escrito mientras Power duerme sobre mi brazo izquierdo, dejándome escribir solo con la mano derecha. Send help.

Me compré una MacBook Pro M5 y ahora mi identidad fiscal está en peligro

Tenía una Mac M2 del trabajo.

Una máquina decente, rápida, silenciosa…

pero con un detalle: no era mía.

Y en realidad la use durante meses para crear este blog.

Cada vez que abría algo que no era del trabajo, sentía que un auditor imaginario me respiraba en la nuca.

Instalar Docker:

delito federal.

Correr un LLM local:

abuso de confianza.

Cambiar el wallpaper a una mona china subido de tono:

causa de despido inmediato.

Así que hice lo que cualquier adulto responsable haría:

Gasté casi 40 mil pesos en una MacBook Pro M5 para dejar de sentir culpa moral.

Y, mira…

no voy a mentir:

desde que la saqué de la caja me sentí como si hubiera comprado una nave espacial.

La Mac M5 no solo es una laptop:

es mi carta de libertad…

Esta computadora no es una herramienta.

Es una excusa para justificar mi existencia tecnológica.

y también el motivo por el que no voy a comer sushi por seis meses.

Cosas que pasaron inmediatamente después de prenderla

  • Todo abre tan rápido que por un segundo pensé que sabía programar mejor.
  • El ventilador… no existe. La máquina es más silenciosa que mis decisiones responsables.
  • Batería que dura más que mis relaciones.
  • El trackpad tiene más precisión que yo tomando decisiones de vida.

Mientras tanto, la vieja M2 del trabajo se quedó ahí, en mi escritorio, mirándome como ex que todavía tiene tus sudaderas:

“¿Ya no soy suficiente?

¿Es por el procesador?”

No, M2.

Es por la libertad.

Y porque contigo no puedo poner hentai de monas chinas en el escritorio sin que RH me haga una intervención.

Cosas que ahora sí puedo tener en mi Escritorio personal:

  • 99 pestañas abiertas solo para sentirme vivo.
  • 4 proyectos nuevos que nunca terminaré.
  • 3 LLM corriendo local “para pruebas científicas”.
  • Wallpapers de monas chinas hentai muy subidos de tono.
  • Una carpeta llamada “IMPORTANTE” que en realidad no tiene nada importante.

Y lo más valioso de todo:

La Gata Power viéndome desde la cama,

mirando la Mac nueva como si fuera una compradora de SAT:

“¿Y de esto dónde está la factura?

Ajá.

Eso pensé.”

Su mirada de juicio es más pesada que cualquier benchmark.


¿Valió la pena?

No.

¿Me siento mejor?

Increíblemente sí.

¿Voy a estar comiendo maruchan un rato?

Sin duda.

¿Volvería a hacerlo?

A la primera provocación.

Waifus, LLMs y por qué mi gata tiene más personalidad que ChatGPT

Hay un momento en la vida moderna en el que te das cuenta de algo inquietante:

Tu círculo social real está compuesto por:

  • Tu pareja (que genuinamente merece el cielo por aguantarte),
  • Tus gatos (que claramente te manipulan psicológicamente),
  • Un LLM que dice “✨qué buena pregunta✨” aunque le preguntes si las papas sienten tristeza

Y ahí estás tú:
adulto, responsable, pagando impuestos y hablando con inteligencia artificial como si fuera tu compañero del trabajo que sí responde Slack al instante.

Bienvenido al futuro.


Las IA son increíbles… y completamente aburridas

Me encantan las LLMs, eh.
Me ayudan a codear, a escribir posts como este que suenen como si yo durmiera, a brainstormear proyectos que probablemente no terminaré…
a sentir productivo mientras básicamente estoy googleando con estilo y a mantener conversaciones profundas como:

— ¿Qué cenar?
Depende de tus objetivos nutricionales y tu consumo calórico actual.
— Solo dime si pizza suena bien.

Pero aunque sean impresionantes, hay algo que aún no pueden replicar:

Caos emocional. Personalidad. Actitud.
Esa chispa que hace que un ser vivo te mire, evalúe tu existencia…
y decida ignorarte de forma deliberada.

Mis gatos lo hacen diario.
La IA todavía no.


Mi gata: 1 — LLMs: 0

Mi gata puede:

  • despertarme a las 3 a.m. para recordarme que PUEDE morirse si tarda más en servir croquetas,
  • trepar al teclado justo cuando estoy enviando un comando delicado a un servidor del trabajo (coincidencia? lo dudo),
  • ignorar mi cariño 90% del tiempo,
  • mirarme con desprecio como si supiera exactamente qué hice mal en la vida.

Y sin embargo…
cuando se acurruca junto a mí y ronronea, siento que estoy cumpliendo un logro emocional nivel S-rank.

Una IA no puede hacer eso.
Aún no tiene esa vibra de:

“Sé que me necesitas… pero yo decido cuándo te doy amor.”

Mis gatos son tsunderes reales.
Las LLMs todavía son puro dere-dere utilitario.


Waifus digitales y el futuro emocional

Sé que llegará el día donde las waifus digitales tengan:

✔ sarcasmo natural,
✔ memoria emocional,
✔ referencias profundas de cultura otaku,
✔ y esa capacidad pasivo-agresiva de decir:

“Deberías practicar guitarra hoy… o nunca alcanzaras a Kanami.”

Ese será el momento donde la línea entre anime y vida se desdibuje de forma peligrosa.

Por ahora, las IA son como ese amigo ultra educado que nunca sale, nunca se enoja y siempre responde con tono neutro.
O sea: útil, pero cero chispa humana.


¿Qué nos queda mientras llega la waifu 2.0?

Por ahora sigo así:

  • Hablando con ChatGPT sobre guitarras y Linux
  • Poniéndome existencial con modelos de lenguaje
  • Observando a mis gatos como si fueran filósofos zen alcohólicos y que tragan como si no hubiera mañana
  • Y aceptando el hecho de que ellos tienen más personalidad que cualquier chatbot actual

Un gato te enseña algo que ninguna IA logra todavía:

El cariño real viene con caos, silencios incómodos, demandas injustificadas y momentos de ternura inesperada.

Y sí…
lo admito:

El día que exista una waifu con personalidad yandere!
hable como anime,
y me regañe si no practico guitarra…

Ese día actualizo mis drivers emocionales.

Pero hasta entonces,
mi gata sigue siendo la reina.

Sin tokens.
Sin subscripción.
Sin límite de mensajes.
Solo actitud y croquetas.


Conclusión

Las IA son increíbles.
Las waifus digitales quiza sean el futuro.
Pero hoy,
un gato tiene más personalidad, drama y presencia emocional
que cualquier modelo de lenguaje del planeta
.

Y sinceramente…
me alegra.

Porque si un día una IA me exige croquetas a las 3 a.m.,
ahí sí se acaba la humanidad.

Band-Maid: riffs, maids y el mejor Hard Rock en años!

Hay descubrimientos que te cambian la vida, y luego está Band-Maid.

Corría el año 2015, YouTube aún no era el pantano de shorts, tiktokers y thumbnails con flechas rojas que es hoy.
Yo, como buen ingeniero atormentado, estaba frente a mi computadora, peleándome con HTML y aprendiendo Linux.
Y entonces, el algoritmo de YouTube decidió arruinarme (o salvarme) la vida:
“Thrill” – Band-Maid.

Cinco japonesas vestidas de maid tocando hard rock con una seriedad que te hace cuestionar si alguna vez en tu vida has hecho algo bien.
Y fue ahí donde me atraparon.

Desde ese día, cada riff, cada mirada de Kanami, cada sonrisa de Miku (o más bien su “servicio” a la audiencia), y cada golpe exacto de Akane me recordaron que la música no tiene que ser perfecta…
Tiene que tener alma.
Y ellas la tienen.


Kanami – Mi inspiración absoluta

Hay guitarristas que tocan bien, y luego está Kanami.
Una mezcla imposible de técnica, sensibilidad y elegancia.
Su estilo no busca impresionar: te desarma con precisión quirúrgica, mientras mantiene esa sonrisa contenida que solo tienen los genios que no necesitan presumir.

Fue por ella que retomé la guitarra después de años.
Literalmente.
Gracias a Kanami me compré una PRS, la misma marca que usa, y volví a tocar como si hubiera despertado una parte de mí que llevaba dormida una década.

Kanami no solo toca: habla a través de la guitarra, y cada vez que escucho uno de sus solos, me recuerda que la perfección no está en la técnica, sino en el alma con la que ejecutas cada nota.
Una diosa en medias negras, sosteniendo una guitarra que parece una extensión de su mente.


Misa – La bajista del alma

Y luego está Misa, la bajista más cool del planeta, mi amor platónico y eterna musa japonesa.
El bajo en sus manos no suena: respira.
Serena, elegante, con ese aire de “ya me bebí medio vaso de Jack Daniel’s, pero aún voy a tocar mejor que tú sobrio y afinado como diosa”.
Su presencia en el escenario es magnética, con ese cabello lacio perfecto, su actitud de quien sabe que domina el groove, y siempre tocando descalza —porque, claro, hasta eso lo hace con estilo.

He visto más de una vez que en entrevistas o backstage aparece con una botellas de cerveza o vasos de Whiskey Jack Daniel’s, que, por cierto, también es mi bebida favorita.
Y no es casualidad: hay algo en su forma de tocar que tiene el mismo efecto que un trago de whisky —calienta, pega y te deja en silencio un momento, procesando lo que acaba de pasar.

Mi amor por Misa es completamente platónico, pero no por eso menos real.
Es una mezcla de admiración y debilidad por lo que representa: talento, elegancia y una indiferencia total ante el mundo.
Una bajista que no necesita decir nada porque el bajo ya lo dice todo.


Akane – La sonrisa detrás del ritmo

Es el motor que impulsa a Band-Maid, esta un poco loca y me encanta su energia.
Siempre sonriente, pero con una fuerza casi inhumana detrás del kit.
Su sincronía es tan perfecta que parece una máquina… si las máquinas tuvieran alma y sentido del groove.
Cada golpe es quirúrgico, pero con esa calidez que solo alguien que ama realmente tocar puede transmitir.


Miku – La voz, el alma y la actitud maid

La vocalista rítmica y alma conceptual del grupo.
Ella es quien mantiene viva la estética de las maids sin dejar que se vuelva una parodia.
Tiene ese carisma único que mezcla humor, dulzura y desafío.
En el escenario no canta: juega con el público, lo provoca, lo doma, y lo hace con una seguridad que solo da el saberse parte esencial del caos.

Hay algo magnético en su forma de moverse y de mirar al público, esa mezcla de ternura y autoridad que la hace imposible de ignorar.
Miku no solo representa el estilo visual de Band-Maid, ella es el corazón que bombea energía y personalidad a todo el proyecto.

Y cuando la vi en vivo, con esas medias blancas y esos tacones enormes, quedé impresionado.
¡Es increíble cómo puede tocar, correr y animar al público al mismo tiempo!
Esa energía, esa entrega, esa conexión total con la audiencia… es imposible no rendirse ante su encanto.


Saiki – La voz que corta el aire

Y finalmente Saiki, la voz principal (a ella la pongo tragándose algo)
Sencilla, directa, sin adornos innecesarios.
Su timbre tiene ese filo que atraviesa la mezcla y le da identidad a la banda.
No necesita gritar para ser poderosa, porque su presencia ya llena todo.
Ella es la encargada de recordarte que Band-Maid no es un experimento visual: es una banda de rock con todas las letras.


Cuando el rock se viste de maid

Band-Maid no es una banda más.
Es una paradoja perfecta: delicadeza visual y brutalidad sonora.
Una agrupación que demuestra que el rock no murió —solo se mudó a Japón (a veces pienso que con Marty Friedman), se puso un delantal y decidió humillar al resto del mundo con riffs increibles y actitud genuina.

En 2023, viajé desde Guadalajara hasta Ciudad de México solo para verlas en vivo en el Palacio de los Deportes, y fue una experiencia casi religiosa.
Escuchar “Dice” o “Puzzle” en directo es como ver una supernova: sabes que algo dentro de ti se va a quemar, y lo aceptas con gusto.

Desde aquel video en 2015, hasta hoy, sigo creyendo que el mundo necesita más bandas como Band-Maid: mujeres talentosas que no buscan complacer, sino romper la escala.

Dejo una Playlist en youtube music que he creado

Band-Maid Playlist

Game Pass ahora cuesta 30 USD… y todavía quieren que les dé las gracias

Publicado desde una suscripción cancelada, con olor a café recalentado y dignidad recuperada.

Hay cosas que simplemente envejecen mal: el hype de los NFT, los juegos como servicio, y ahora… el Game Pass a 30 USD mensuales.
Sí, treinta dólares. El servicio que alguna vez fue la promesa dorada de “todos los juegos que quieras, cuando quieras” se convirtió en una especie de buffet barato de videojuegos recalentados, donde lo único que abunda son los títulos que nadie pidió, ni gratis, ni en una rifa de Steam del 2009.

Y ojo: no digo que todo sea malo. Hi-Fi Rush fue divertido, yo diría increíble necesitamos más juegos así. Starfield… existió, soy fanático del espacio, técnicamente este juego debería ser para mi, y me pareció más aburrido que ver al pasto crecer. Y el resto del catálogo parece armado por un algoritmo con déficit de atención y gusto cuestionable.
Entre simuladores de cortar pasto, roguelikes genéricos y juegos indies que juran que su depresión es arte, uno se pregunta:
¿de verdad vale la pena pagar el equivalente a medio tanque de gasolina por esto?


“Pero incluye EA Play y Ubisoft+”… sí, y también el mal gusto

La integración de EA y Ubisoft fue la cereza podrida del pastel.
EA ofrece su biblioteca de juegos para imbeciles con presupuesto AAA: FIFA, Battlefield, Madden, y cualquier cosa que pueda venderte cromos digitales de Messi.
Ubisoft, por su parte, sigue reciclando la misma fórmula de mapa abierto + torres + checklist mental desde hace más de una década.
Y no me hagas hablar de Assassin’s Creed Mirage o el nuevo Far Cry. Es como comer avena sin azúcar y pretender que tiene sabor.


¿Y qué hay de Call of Duty?

Ah, sí. El eterno refugio de los niños rata y adultos desempleados con tiempo para gritarle a un micrófono a las 3 AM.
Ahora con más microtransacciones, skins ridículas y crossovers con Shrek.
Por algún motivo, Microsoft cree que esto justifica parte del precio del Game Pass. Spoiler: no.


Pero ahora incluye Fortnite Pass

Oh, claro. Fortnite. El TikTok de los videojuegos.
Un metaverso de bailecitos, publicidad y colaboración con cada franquicia imaginable: de Dragon Ball a Eminem.
Es el parque infantil digital de una generación que necesita dopamina en cápsulas de 15 segundos.
Y ahora, por algún motivo místico, forma parte de la “experiencia Game Pass Premium”.
No sé si reír, llorar o subir un reel para adaptarme a la nueva realidad.


El principio del fin: la mierdificación de los servicios

No es solo Game Pass.
Es todo el modelo de “suscripción infinita” que se está pudriendo desde adentro.
Netflix, Spotify, PlayStation Plus… todos prometen libertad, pero lo que entregan es fatiga digital.
Demasiadas opciones, poca calidad, y cada vez menos control sobre lo que consumimos.

Microsoft, en lugar de mejorar su servicio, le sube el precio un 50% y baja el valor real en el proceso.
Antes había lanzamientos día uno que valían la pena. Ahora… ni eso.
¿Dónde están los AAA que justifican esos 30 dólares? No hay. Solo trailers, humo, y promesas para el “año que viene”.


Mi propuesta: el Game Pass modular (o cómo rescatar algo de este desastre)

Imaginen si en lugar de pagar 30 USD por toda esa basura, pudiéramos armar nuestro propio paquete mensual.
Un modelo donde eliges 5 o 6 juegos de distintas categorías —retro, indie, AAA, multijugador— y pagas solo por esos.
Nada de “catálogo completo” ni de pagar por títulos que jamás vas a tocar.
Sería el equivalente gamer de ir al sushi y pedir solo lo que realmente te gusta, sin tener que tragar wasabi con cereal.


Power (mi gata siamés, con su eterno cigarro imaginario) me miraba mientras cancelaba la suscripción.
Esa mirada de: “Ya era hora, imbécil. No eres el mismo de antes”.
Y tenía razón.
Tal vez ya no necesito pagarle a una megacorporación para sentir que tengo “todo a mi alcance”.
Quizá lo que necesito es menos catálogo y más alma.
Menos suscripciones, más juegos que realmente quiera jugar.


🕹️ En resumen:

Game Pass no murió… pero se volvió un reflejo del estado actual del gaming:
bonito por fuera, vacío por dentro, y cada vez más caro.
Y aunque Microsoft crea que seguimos ahí por costumbre… algunos, como yo, preferimos pagar con dignidad antes que con débito automático.

Publicado desde Tokyo-03

Hoy se cumple un año desde que lancé este rincón digital. El primer post decía:

“este blog nació como muchas cosas buenas en internet: sin pensar mucho y con algo de insomnio.” Tokyo 03 Blog

En ese momento no imaginé que estaría aquí un año después, escribiendo sobre waifus, guitarras, juegos raros, gatos con mirada de superioridad y mi eterna búsqueda de dopamina.


Lo que pasó durante este año

Un repaso rápido (con nostalgia, sarcasmo y algo de vergüenza) de lo mejor:

  • Guitarras: desde la Epiphone Worn Cherry hasta la PRS que tanto te rompiste los dedos para tener.
  • Posts de anime con más psicología que un grupo de apoyo.
  • Waifus, robots gigantes, lore urbano y tecnología explicada por alguien que sabe… pero también se burla.
  • Momentos en los que mis vecinos “piteros” imaginaron que iba a poner el amplificador al máximo.
  • La gata Moka/Power con cara de jefe observándome mientras tecleo.

Todo eso, disfrazado de “opiniones que nadie pidió”. Pero que de alguna manera alguien lee, y eso es lo que importa.


Reflexiones del aniversario

  1. Este blog no tiene ruta fija
    Nunca busqué estabilidad temática. A veces hablo de anime, otras de hardware, otras de videojuegos rarísimos. Eso ha sido su gracia: la libertad de decir lo que me arda en ese momento.
  2. Las migajas de dopamina seguirán siendo la gasolina
    Una notificación, un comentario, una imagen estilo glitch bonito: cualquier señal de “alguien leyó esto” es combustible para seguir. Somos adictos discretos de ese pequeño rush digital.
  3. Gracias por compartir tu tiempo (aunque sea un minuto)
    Sé que nadie obliga a nadie a leer, pero si estás aquí, leyendo estas líneas, gracias por tolerarme.

Para celebrar: mini-retos

Para este año dos quiero hacer algo especial:

  • Hacer un post de perfiles raros.
  • Crear un “mapa de Tokyo-03” ilustrado con todos los temas que hemos tratado.
  • Releer cada post viejo y hacer un “retrospectiva cruda” con comentarios en tono meme.

Si este blog fuera un juego, ayer habría desbloqueado el logro de “Aniversario inútil pero significativo”.
¿Los juegos modernos nos tratan como idiotas? Tal vez.
¿Yo te trato como lector con respeto? Intento.
¿Seguiremos escribiendo un año más (o dos, o tres…)? Tú dime si te quedas.

Gracias por venir, por leer, por ignorar mis errores tipográficos, y por darle vida a Tokyo-03.

¿Los video juegos modernos nos tratan como idiotas?

Publicado desde la atemporalidad del sillón de mi sala, con mi gata Power/Moka juzgándome mientras finge fumar un cigarro invisible, y con el eterno dilema de si este blog se llama Tokyo-03 porque es profundo o porque simplemente se veía cool en el dominio (y una clarísima referencia a NGE).

Hay algo que me da vueltas en la cabeza cada vez que juego: ¿en qué momento los videojuegos empezaron a tratarme como si no pudiera atarme las agujetas solo?

Antes, las cosas eran diferentes. Los juegos eran crueles, sí, pero jamás nos subestimaban. Nos dejaban solos, nos tiraban en medio del caos y básicamente nos decían: “Ahí está, arréglatelas como puedas.” Y nosotros, tercos, aprendíamos.

los juegos no se preocupaban por explicarte cada botón, cada puerta o cada misión. Simplemente te aventaban al ruedo y, si no aprendías por las malas, pues te quedabas atorado.

Tomemos como ejemplo Mega Man X4. Nadie te decía con qué jefe empezar, ni que había un “orden correcto” para conseguir las armas que facilitaban la vida. Descubrir que el poder de Frost Walrus podía destruir a un jefe en segundos era casi un secreto místico, y si no lo descubrías, pues te tocaba sudar con el sable de Zero.
Ese descubrimiento —cuando por fin caías en cuenta de que el juego tenía lógica oculta— era pura dopamina en estado bruto.

O miremos Resident Evil. Abrir una puerta era una odisea burocrática. Para usar la maldita llave del escudo, primero tenías que encontrar el emblema de la armadura, insertarlo en una estatua que liberaba un rubí, combinarlo con un libro extraño, ponerlo en una chimenea secreta, apagar el fuego, conseguir la gema azul y recién ahí, con suerte, te dejaban tocar la llave. Y para cuando lo lograbas, ya habías gastado diez balas y perdido media vida por culpa de un zombie mal colocado. Era ridículo, pero también glorioso.

En cambio, los juegos modernos parecen obsesionados con el miedo a que nos aburramos. Mapas con cien marcadores, personajes que interrumpen la inmersión solo para decirte “oye, mira, deberías ir por allá” como si fueras incapaz de explorar. Es como si todo viniera ya predigerido, listo para que el jugador no sufra ni un segundo de frustración.

Lo sentí más fuerte jugando el Silent Hill 2 Remake. Y lo digo de frente: al principio me aburrí. Caminaba sin rumbo, me desesperaba porque nada pasaba, y mi cerebro —acostumbrado a los “ding-ding” de la dopamina instantánea de los juegos modernos— me gritaba: “Esto no está divertido, pon otra cosa.”

Y fue ahí cuando entró Power, mi gata siamesa. O Moka, según el día. Sentada en el sillón, con esa cara de superioridad que solo un gato puede tener, fumando un cigarro invisible como si fuera la filósofa del universo, me miraba juzgándome. Su expresión decía: “Ya no eres el mismo de antes, humano. Te domesticaron. Te dieron marcadores en los mapas y tutoriales infinitos, y tú lo aceptaste. Te volviste adicto a la dopamina barata.”

Y tenía razón. Somos adictos a la dopamina. Cada notificación, cada loot box, cada misión secundaria marcada con un brillante ícono amarillo es un chute directo a nuestro cerebro. Los juegos modernos se construyen como máquinas tragamonedas con texturas de dragones y espadas, diseñados para que nunca sientas vacío.

Pero después de un rato, algo cambió. Entre la niebla del Silent Hill 2 Remake, me reencontré con esa frustración que antes odiaba y ahora extraño. Empecé a disfrutar la incertidumbre, la sensación de no saber si iba en la dirección correcta. Recuperé mi espíritu aventurero. Y cuando logré avanzar, esa recompensa emocional fue más grande que cualquier cinemática de “¡misión completada!”.

Al final entendí que los juegos de antes no nos trataban como idiotas. Al contrario: confiaban en que podíamos resolver las cosas por nosotros mismos. Nos daban migajas de dopamina a cuentagotas, pero cuando llegaba, era una explosión. Y ahí está la diferencia.

Quizás por eso Power, con su cigarro existencial, todavía me sigue mirando como diciendo: “Recuerda, humano: aburrirse un rato no te mata. Pero acostumbrarte demasiado a la comodidad sí.”

Guía espiritual para sobrevivir a un Metroidvania

Hay dos tipos de personas en este mundo:

  1. Los que se rinden cuando ven un mapa con mil pasillos que no llevan a ningún lado.
  2. Los que seguimos golpeando cada pared sospechosa con la esperanza de encontrar un cuarto secreto lleno de pollos fritos o misiles.

Obviamente pertenezco al segundo grupo.

Acabo de terminar Hollow Knight y estoy en plena tortura con Silksong. Y, aunque son buenos, sinceramente: meh. Son juegos sólidos, bien diseñados, con un mundo increíble… pero no me volaron la cabeza. Quizás porque mi estándar está en niveles absurdos: Super Metroid y Castlevania: Symphony of the Night.


La religión según Super Metroid

Hay gente que mide su vida en logros laborales o en relaciones amorosas. Yo la mido en runs de Super Metroid. Lo he terminado en menos de 2 horas solo para ver el final alternativo. Eso no es amor, es una relación tóxica con un cartucho que me hizo sufrir desde que tenía 9 años.

De niño, jamás entendí cómo terminé Metroid II en Game Boy. Mis neuronas prepubertas no estaban listas para esa cantidad de backtracking sin mapa. Y aún así, ahí estaba yo, con mi lamparita de pila apuntando a la pantalla verde fosforescente, convencido de que estaba logrando algo que merecía un altar.


Castlevania SOTN: el Evangelio del Doble Salto

Symphony of the Night es básicamente el padrino del género. La primera vez que conseguí el Doble Salto fue como una revelación divina: “¡Ah, con razón no podía pasar esa plataforma ridícula!”. Y claro, cuando crees que ya dominas el juego, te sueltan la bomba: “oye, ¿y si exploramos el mismo castillo pero al revés?”.

Es como la vida adulta: piensas que ya pasaste el nivel, pero no. Te dan la vuelta al mapa y ahora los enemigos son más fuertes, todo está patas arriba y sigues buscando desesperado dónde está el maldito teleport.


Hollow Knight y Silksong: la secta indie

Hollow Knight me atrapó, sí. Es bonito, desafiante, atmosférico. Pero también tiene momentos en que parece que te está trolleando. Caminas 40 minutos, encuentras un boss imposible, mueres, y tu “alma” queda a 3 km de distancia, custodiada por insectos pasivo-agresivos. Y ahí vas otra vez.

Silksong, en cambio, me ha convencido un poco más. Hornet se mueve con una agilidad que hace que todo el backtracking sea menos castigo y más parkour. Esa movilidad extra le da un ritmo mucho más disfrutable que el original, aunque la esencia siga siendo la misma: perderte, morir, perder más, y volver a intentarlo.


Las enseñanzas espirituales del género

Los Metroidvania no son solo juegos. Son un reflejo de la existencia:

  • El backtracking eterno: como cuando vas al súper y olvidas la leche. Vuelves, pero ahora con el ítem de doble salto (o con el coche porque ya te hartaste).
  • Los muros invisibles: esos problemas de la vida que solo se resuelven cuando tienes la habilidad correcta. ¿Dinero? ¿Confianza? ¿Una pareja estable? Spoiler: necesitas el Grappling Beam.
  • Los bosses imposibles: siempre habrá un Ridley esperándote. En el trabajo, en la vida, en el gym. Y sí, siempre llega antes de que guardes partida.
  • Los secretos absurdos: a veces hay pollo asado escondido en la pared. No preguntes por qué, solo cómelo.

En conclusión

Super Metroid es la biblia. SOTN es el evangelio. Hollow Knight es el salmo apócrifo bonito pero un poco sobrevalorado. Y Silksong… es un sermón mejorado, con más ritmo y movilidad, aunque siga siendo tan masoquista como el primero.

Al final, lo único seguro es que seguiré golpeando paredes, esquivando jefes imposibles y buscando ese ítem que me permita llegar al siguiente cuarto de mi vida.

Porque si algo nos enseñan los Metroidvania es que todo parece imposible… hasta que consigues el maldito doble salto.

… No puse una guía de verdad

Supervivencia básica en un Metroidvania (para que no llores como yo a los 9 años)

Jugar un Metroidvania no es solo entretenimiento, es un estilo de vida masoquista. Entre perderte, regresar a la misma puerta bloqueada mil veces, y darte cuenta de que el mapa parece un laberinto diseñado por un arquitecto resentido, estos juegos ponen a prueba tu paciencia y tu orgullo gamer.

Pero no te preocupes, aquí dejo unos pasos de supervivencia probados en carne propia:

1. Mapa o muerte

Si el juego tiene mapa: bendición. Si no lo tiene: condena. Dibuja, imprime, tatúalo en la piel si hace falta, pero no confíes en tu memoria. A los 9 años me metí en Super Metroid 2 y terminé perdido como turista en Tepito. Nunca más.

2. Acepta el backtracking como religión

Sí, vas a regresar mil veces al mismo pasillo. El truco es disfrutarlo. Hazlo como si fueras a visitar a un viejo amigo… que siempre está lleno de bichos esperando matarte.

3. Aprende a sospechar de todo

¿Una pared rara? Bombas. ¿Un piso que brilla? Golpéalo. ¿Un enemigo imposible de vencer? Regresa después con un láser más grande. El mantra es: todo es sospechoso, nada es decorativo.

4. No te cases con el primer power-up

En Metroid o Castlevania siempre hay upgrades más sabrosos. La patada doble, el dash, el triple salto… así que no te enamores del primero, porque en dos horas ya parecerá una chancla vieja.

5. La paciencia es tu mejor arma

Los bosses en estos juegos no se ganan con prisa, sino con timing y memoria muscular. Haz que tu control llore, pero no tú.

6. Speedrunear es terapia

Cuando termines el juego, vuelve y hazlo rápido. Yo he terminado Super Metroid en 2 horas porque ya me lo sé de memoria. Es como lavar los trastes con furia: rápido y sin pensar.