Hay días en los que la ciudad es solo ruido de fondo. Y luego hay días como este domingo, donde la simulación en la que vivimos decidió subir la dificultad a nivel Survival Horror.
Abatieron al «Mencho», y en cuestión de horas, el estado entero entró en un Kernel Panic masivo.
Pero la verdadera ironía no es el colapso de la ciudad. La verdadera ironía es dónde y cómo me agarró a mí el fin del mundo tapatío.
Cualquier persona normal, ante un domingo de narcobloqueos y helicópteros artillados, estaría pegada a las noticias, rezando, o atrincherada bajo la cama. Yo no. Yo estaba en un hospital, y como buen nerd que no puede desconectarse ni aunque el código de la ciudad esté arrojando errores críticos, ¿qué estaba haciendo en el hospital? Tenía mi MacBook Pro M5 abierta sobre las piernas, con los audífonos puestos, viendo un curso intensivo de Docker.
El Apocalipsis vs. La Orquestación de Contenedores
El contraste era absurdo, digno de una película de comedia negra. Por un lado, el instructor del video me explicaba con voz calmada cómo levantar una imagen de Ubuntu en un contenedor aislado. Por otro lado, los cristales del edificio vibraban por el sonido pesado de los helicópteros militares sobrevolando la zona, y las sirenas de las patrullas cantaban a coro en la avenida.

Me quité un audífono. La gente a mi alrededor empezaba a entrar en pánico. Los celulares sonaban al unísono con mensajes de WhatsApp de tías reenviando audios de dudosa procedencia y videos muy reales de camiones incendiados bloqueando las salidas de la ciudad.
Miré mi pantalla. Mi contenedor de Docker estaba corriendo perfectamente. Suspiré. Un nerd no deja de ser nerd ni en el fin del mundo. Pensé: «Bueno, si nos lleva el diablo hoy, al menos me voy a ir sabiendo cómo demonios funciona un volumen persistente en Linux». Y le volví a poner Play al video.
El «Uptime» del Capitalismo
Logré regresar a mi búnker esquivando el caos, como si fuera un nivel de sigilo en Metal Gear. Al abrir la puerta, la única que me recibió fue Power. Me miró desde el escritorio con su cara de superioridad de siempre, con ese cigarro imaginario en la boca, como diciendo: «Tardaste. Ya casi me muero de hambre. ¿Se acabó el mundo allá afuera o qué?».
Hoy es lunes por la noche. Las calles están tensas. El ambiente se siente pesado, como cuando sabes que un servidor va a tronar pero no sabes exactamente a qué hora. La gente camina viendo de reojo, esperando que en cualquier momento vuelva a sonar el caos. Las escuelas aún no reanudan actividades porque, seamos honestos, nadie se siente seguro todavía.
Pero aquí viene el verdadero terror psicológico: Mañana martes hay que ir a trabajar como si nada hubiera pasado.
Esa es la realidad distópica de nuestro país. Tuvimos camiones en llamas, operativos militares, un Código Rojo que paralizó la metrópoli… pero los tickets de soporte no se contestan solos y el corporativo espera que te conectes a las 9:00 AM en punto con una sonrisa.
Mientras la ciudad sigue aguantando la respiración, yo estoy aquí, administrando servidores que están en un datacentercongelado y seguro a miles de kilómetros, con un uptime impecable. A los servidores no les importan los narcobloqueos. A los clientes que borraron su página web por error, tampoco.
Vivir estas cosas de cerca te recuerda que solo somos NPCs (Non-Playable Characters) en el mapa de alguien más. Monitos de fondo que tienen que seguir su rutina de ir a la oficina, incluso si el escenario todavía huele a llanta quemada.
Status: A salvo en el búnker, pero con insomnio.
Mood: Paranoico pero virtualizado.
P.D. A Power le vale madre la tensión social. Si mañana el mundo colapsa definitivamente, ella solo espera que yo le deje abierto el costal de croquetas de salmón antes de irme.

















